Conduciendo a la hecatombe

hecatombe

Eduardo y Elizabeth cumplieron dos años de noviazgo la semana pasada. Ante sus múltiples ocupaciones laborales dejaron de celebrar una fecha tan importante en sus vidas. Él, un gerente de un banco muy respetado en la capital, y ella, una emprendedora, dueña de una tienda de ropa para damas de un exclusivo centro comercial citadino

Elizabeth creyó que su Eduardo había olvidado el día que le pidió ser su novia formalmente. Fue una tarde en la que Eduardo citó a Elizabeth a una fuente de soda. Juntos se comieron un helado de vaina, fresa, chocolate, maní y crema batida, el favorito de la señorita. Con fondo musical que recordaba a melodías de Elvis Presley, Eduardo tomó su cucharilla, la introdujo en el helado de vainilla y le dio a probar su sabor tan particular.

¿Quieres que compartamos más que un helado de ahora en adelante? – preguntó un decidido Eduardo.
Elizabeth miraba incansablemente los ojos marrones de Eduardo, parecía hipnotizada ante su presencia y luego de disfrutar su porción de helado de vainilla respondió:

Quiero compartir una comida, una salida y la oportunidad que exista para querernos un poco más – Era una emocionada Elizabeth ante la mirada de Eduardo.
Eduardo se acercó al rostro de Elizabeth, buscó su mirada y la juntó con la suya, ambos cerraron los ojos con lentitud. Fue entonces cuando él aproximó su boca a la de ella y lo selló con un beso.

Desde ese momento decidieron compartir juntos un camino de amor. Para el día de su segundo aniversario, Eduardo había preparado una sorpresa: en el día libre de Elizabeth, la llevaría a pasar una tarde rodeada de paz, lejos de la ciudad, en un espacio natural para observar la belleza que por sus compromisos profesionales es casi imposible de apreciar. La mañana del regalo de aniversario, Elizabeth se levantó de su cama con un susto en el estómago. Soñó que el planeta Tierra desaparecía de forma extraña: bolas de fuego se juntaban poco a poco hasta formar una inmensa pelota roja que ardía en medio de una carretera solitaria, en la que dos personas, con rostros ocultos, paseaban en un automóvil sin rumbo específico. Elizabeth se dirigió al baño, se lavó la cara con agua fría para calmar sus nervios. Más tarde, se comunicó con Eduardo:

.- Mi amor, por favor, vamos a dejar esta salida para después. ¿Sí?, dijo Elizabeth preocupada.

.- ¿Por qué, Eli? Si no nos vemos hoy no sé cuándo podremos estar juntos, respondió Eduardo desconcertado.

.- Es que tengo un mal presentimiento, Eduardo. – Confesó Elízabeth

.- (Rie) A mi lado nada te va a pasar, bonita. Voy saliendo por ti. – Dijo un apresurado Eduardo.

Eduardo pasó por Elizabeth en su auto Caprice azul, y aunque ella tenía ciertas reservas en subir, lo hizo con nervios. Él tomó su mano con fuerza y la miró a los ojos con dulzura. Elizabeth encendió la radio y justamente el locutor de la emisora mencionaba la sorprendente llegada de una inmensa bola de fuego a la ciudad. Elizabeth confirmó sus sospechas al ver cómo la pelota roja se acercaba de prisa hacia ellos.

Esta historia fue escrita entre Vicente Bloise y Cuento Colectivo
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