
Como todas las noches, subió a su carro amarillo en busca de clientes. El trabajo no era lo que había soñado en la infancia, pero debía alimentar a dos hijos y una esposa. No fue un buen día: una pareja y tres borrachos fue lo único que consiguió en el día de muertos. Decidió probar suerte en el cementerio del sur de la ciudad. “Seguramente quedará algún visitante llorón”, pensó. Las tradiciones mexicanas suelen dejar el aire cargado de misterio y nostalgia, especialmente durante la celebración del día más místico del año.
Al pasar el túnel vislumbró la silueta de una joven con un traje largo. Esa sería su gran oportunidad; al menos si no pagaba la carrera conseguiría compañía. Prendiendo y apagando las luces captó la atención de la mujer. Su rostro apenas se distinguía, pero lucía encantadora en aquella penumbra, como una catrina salida del mundo de los muertos.
“Siga, reinita”, le dijo mientras tenía un pie en el freno y su sonrisa de conquista. Ella subió en el asiento junto al suyo. Sus muslos torneados captaron su atención y en cada cambio de marcha ponía su mano en ellos. Un monólogo y las canciones de Julio Jaramillo era lo único que se escuchaba en el trayecto con rumbo incierto. La música hablaba de difuntos, seres queridos que han fallecido, y amores que se lloran en el altar familiar.
Cuando estaban llegando al destino, de repente vio su cara… era pálida y algo triste. Pero cuando la miró a los ojos, perdió el sentido. Despertó al día siguiente junto a una tumba, sin saber qué había pasado y sin ganas de leer el nombre en la lápida. “¡Una calavera, era una calavera!”, se dice, temblando. La tierra aún olía a cempasúchil, y sobre la tumba había restos de un pan de muerto seco y un altar de muertos improvisado, con velas, una calavera de azúcar y una foto desdibujada.
Este relato es uno de esos cuentos sobre el día de los muertos que no se olvidan. ¿Fue un sueño, una advertencia, un cruce de planos entre vivos y muertos? Quizás era uno de esos cuentos mexicanos para niños que cobran vida cuando cae la noche. Luego de 20 minutos de camino, se santigua y prefiere continuar su trayecto con un nuevo pasajero y otra historia… como si nada hubiera pasado. Pero al fondo, en su retrovisor, una calaca parecía sonreírle.
Un cuento corto para niños… o no tanto
Aunque muchos consideran estos relatos como cuentos de halloween o cuentos infantiles, lo cierto es que son parte viva del patrimonio cultural de México. Esta tradición mexicana, llena de amor y recuerdos, celebra con alegría a los que ya no están, compartiendo su comida favorita, decorando con papel picado, armando ofrendas del altar y prendiendo velas para guiarlos.
El día de muertos para niños puede ser una mezcla entre diversión y aprendizaje. Celebrar el recuerdo de los abuelos, de mamá o papá, de la tía que hacía los mejores tamales o del vecino que usaba siempre un gran sombrero. En los libros y actividades como sopas de letras, en cada libro infantil o libro de actividades bilingüe, viven estos cuentos sobre el día de los muertos, enseñando a honrar la vida y la muerte.
Porque sí, los muertos bailaban un triste bolero, pero también ríen. Y a veces, dos muertos bailaban un triste bolero, mientras los vivos los observan en sueños o historias.
¿Te gustan los cuentos sobre el día de muertos?
Este es solo uno de muchos cuentos sobre el día de los muertos que puedes compartir en familia. Una forma de celebrar la vida y recordar a nuestros seres queridos, mientras los niños aprenden la tradición del día de muertos y se acercan a sus raíces a través de historias, calaveritas y divertidas actividades.
¿Quieres más cuentos como este? ¿Te animas a responder algunas preguntas de comprensión lectora sobre esta historia? ¿O prefieres unirte a las almas en pena en su paseo nocturno?
Sea como sea, recuerda: en México, los muertos es una celebración… y este es solo otro de esos inolvidables cuentos sobre el día de los muertos.









