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Sólo le falta el título a esta historia sobre dos prisioneros. ¿Te gustó el desarrollo de la trama?

Cuento en construcción

Invéntale un título a este cuento que ha sido creado hasta el momento entre Cuento Colectivo, William, Juan Lara, Sekas, Maripili, Enrique Castiblanco y Daniel Urías. Tienes hasta este domingo 26 de agosto para participar.

– Cesar: ¿Sientes miedo, Diego?
-Diego: Hace mucho que dejé de sentir miedo, más bien me siento confundido. Pensé que mientras más cerca estuviera el día, peor me sentiría, pero ahora, siento que por fin seré libre. Pero tú mueres de miedo, lo puedo ver en tus ojos.
-César: Para ser honesto contigo, sí siento mucho miedo. Estaba convencido de que no le tenía miedo a la muerte, pero la estoy sintiendo cerca y por eso estoy aterrorizado. No sabes cuantas cosas tengo pendiente de hacer todavía. No he visto a mi hija con su primer novio, los mejores años con mi esposa no los voy a conocer, nunca corrí la maratón que tanto soné y también le he quedado mal a Dios.
Diego: Lo único que me preocupa además de morir, es el caimán que tengo escondido en el sótano. Mi tía Úrsula lo cuidaba mientras estuve preso, pero me llegó una carta donde dice que mi tía desapareció misteriosamente, y que los perros están desapareciendo del vecindario. Creo que el caimán sabe abrir la puerta, que en las noches sale de cacería y se come a quien se le cruza en el camino. Tal vez sino se nos ocurre matar a ese hombre rico para robarlo estuviera cuidando a mi caimán.
César: ¿Se nos ocurre? Un momentito Diego, que la idea fue tuya. Y no, no voy a decir que me dejé engañar por tu palabrería; yo también quería ese dinero. Imaginé un futuro para mi familia con ese dinero, por eso te ayudé. Más que miedo al dolor, lo que me aterra es dejar esta vida tan pronto, tan inconclusa. Eso es lo que me desespera.  ¿De verdad sólo puedes pensar en tu caimán en un momento como este?

Diego mira a su alrededor, sólo ve paredes pobres, sucias y ese brillo de luz entrecortado que entra por la ventana enrejada. Mira a su compañero mientras piensa en qué decirle. Observa a su alrededor… pero no ve nada. Sólo puede ver en su interior, sus recuerdos y los actos que lo llevaron a esa situación.
Diego: ese caimán fue la causa de todo, fue el principio del fin. ¿Como no voy a pensar en él? Un mal día tuve cuando aquel que se dedica al tráfico de animales tropicales me lo ofreció a un precio irrisorio. Nunca pensé que… ¿Como he llegado hasta aquí?

César conoce bien a Diego y sabe que cuando éste empieza a manifestar dificultades para discernir entre la ficción y la realidad, lo que es fantasía y lo que no, es que está a punto de entrar en otra de sus crisis. La estrategia de César siempre es seguir el juego… entrar en la fantasía, para evitar que la crisis se vuelva peor. Peor como esa vez que un simple robo se tornó en sangre, en muerte… en su condena. Siempre se arrepintió de haber ignorado las señales de ese día.

César se levanta de su cama, en la que había estado acostado todo este tiempo. Al hacerlo, ve en la cama superior de su compañero, un ejemplar viejo de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez y otro de “A sangre fría” de Truman Capote. Diego mira por la ventana abarrotada, César le toca el hombro y Diego da media vuelta y lo mira. Sus ojos parecen a punto de soltar una lágrima.

Diego: He tomado una decisión y quiero que me escuches bien. No permitiré que mis enemigos se regocijen al ver mis entrañas arder. Si debo morir, será en función privada, amigo. ¿Ni a morir cuando quiera tengo derecho? ¡Que se pudran! Hazme el favor, yo sé que sabes como.
César no sabía qué hacer con lo que acababa de escuchar. ¿Sería otro de los desbordes mentales de su amigo? No obstante, sus palabras parecían llenas de lucidez. Era cierto, un hombre, por mala semilla que sea, debe al menos tener el derecho de tirar la toalla cuando él mismo quisiera. Si de verdad eso era lo que su amigo quería, no le iba a negar su petición.
César: Date la vuelta.
Diego sonrió, miró a su compañero directo a los ojos y luego dio la vuelta. César pasó su brazo derecho por el cuello de su amigo y justo antes de que empezara a apretar…
Diego: ¿César?
César: Dime
Diego: De verdad, perdón.
César: No te preocupes.
Diego: Nos vemos del otro lado.
César apretó el cuello de Diego con todo su poder, después de varios largos segundos, éste murió en brazos de su cómplice.

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