“Vamos en la balsa hasta donde está el horizonte”

Solo le falta el título a esta historia que ha sido escrita hasta el momento entre Korverita, Valentina Solari, Liliana Vieyra, Úrsula Melgar y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo. ¡Participa! El título que hay en el momento es temporal.

kush

Eramos solo ella y yo amándonos desenfrenadamente, una historia de nunca acabar, en una tarde calurosa de verano. No sé si fue el ocaso lo que iluminó su ser, pero era lo más maravilloso que mis ojos habían visto, creo que era amor puro y verdadero.

Su sentir y el mío eran uno solo y fue en aquella playa que nos juramos amor eterno sellándolo con un cálido beso del cielo. Miré el horizonte y la combinación de todos los factores presentes daba la sensación de algo irreal.

Todo era tan bello que sentí una especie de tristeza de que el momento tenía que acabar alguna vez. El ambiente tenía un matiz rojizo intenso, que era solo acompañado por el sonido de las olas en medio de esa inmensidad. No había nadie más a cientos de kilómetros a la redonda.

“Vamos en la balsa hasta donde está el horizonte”, dije, pero en realidad quien lo dijo no era yo en ese momento. Ella movió su cabeza en símbolo de aprobación. Casi sin darme cuenta miré al cielo, que en ese momento comenzaba a cambiar de colores… ya había llegado el atardecer. Besando su boca mientras hablaba le susurré: ¡mira el cielo qué bello está!

Girando su cuello dobló la cabeza para verlo y no podíamos creer lo que sucedía. Una estrella en medio del firmamento comenzaba a titilar y a su alrededor las rosadas nubes formaban una boca. Esta se entreabrió un poco y parecía enviarnos un beso. Sí, el cielo estaba contento con nosotros y lo demostraba. Quería correr y contarles a todos, pero la inmensa soledad del lugar me hizo comprender que era algo único para nosotros.

Mi mano derecha, agarrada a su mano izquierda, no se despegó ni un momento. Los dos contemplábamos el fantástico mundo que se originó ante nuestros ojos. Una brisa, proveniente de la boca de nubes, llegó hasta nuestros rostros igual que un soplido.

Escuchamos, al menos yo escuché, una voz que decía: “Nada es más valioso que teneros el uno al otro”. Entonces la miré. Precisamente ella también me estaba mirando. Sin decirnos nada, con un cálido abrazo nos besamos apasionadamente.

Y, de pronto, unos fuegos artificiales se unieron al espectáculo, sorprendiéndonos con sus correspondientes explosiones y silbidos. Mientras volvíamos a la orilla, gozamos de un espectáculo de colores y sonidos en el cielo. Aquel extraordinario fenómeno fue pasajero, pero al menos no ocurrió lo mismo con lo nuestro.

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