Pura vida

Cuento final

Esta historia fue escrita entre Gaby C, Giova Juliao Juliao, Valentina Solari y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo. Esperamos que la disfruten. Su retroalimentación es bienvenida.

La mano derecha de Nadia empezó a temblar. Entonces, supo que en menos de cinco minutos sería víctima de un nuevo ataque. Lo sabía, pero no podía evitarlo. Se levantó de la silla donde había estado sentada por largo rato e intentó salir lo más rápido posible de su casa. Si no salía pronto, su ataque le haría pasar un mal rato, de nuevo.

Empezó a buscar las llaves de su carro, pero no lograba recordar a dónde las había dejado luego de haber hecho las compras en el súper. Su diestra seguía temblando sin parar. Pensó que lo mejor era salir corriendo. ¿Qué importaba el carro, si igual no podría manejarlo con una de sus manos temblando sin parar? Sin embargo, antes de cerrar la puerta a sus espaldas lo recordó. ¡La cocina! Las llaves estaban en la cocina.

Nadia supo que era un riesgo ir a ese cuarto en el que siempre terminaban sus ataques. Pero, esta vez, creyó que era capaz de controlarse. Sujetó su mano derecha con la ayuda de la izquierda, y empezó a caminar hacia la cocina.  Su mano empezó a dejar de temblar, poco a poco.

Cuando por fin llegó a la puerta del cuarto, su mano había dejado de ejercer aquel movimiento que tanto le molestaba. Echó un vistazo rápido y recordó a dónde estaban las llaves. Se acercó a la mesa principal y las tomó. Dio media vuelta, disponiéndose a salir de inmediato, cuando sintió aquel olor que la paralizó por completo.

Justo en el centro de la mesa estaba un pastel de chocolate, adornado con pequeñísimos dulces de colores. Su mano empezó a temblar de nuevo. Intentó concentrarse en salir de allí, pero el olor era delicioso. Entonces, dejó caer las llaves y se abalanzó sobre la mesa, para luego darle una enorme mordida a aquella delicia de chocolate. Mordió y tragó sin parar, hasta que escuchó a sus espaldas cómo se abría la puerta principal de la casa.

Se apresuró a bajarse de la mesa, pero ya era demasiado tarde. Su madre estaba en la cocina, viéndola perpleja como otras veces. Nadia, sin su mano temblándole y con sus labios llenos de pequeños dulces, se quedó inmóvil junto a la mesa.

No sabía qué hacer ni como mirar a su madre a los ojos… se sentía culpable y sucia. Sin embargo, esa escena de captura in fraganti sólo hizo que aumentara la intensidad de su placer. Una mezcla de culpa, placer y castigo todo en un mismo acto. Fue un momento único, un éxtasis inexplicable. Luego de una pequeña abstracción, dos palabras se le vinieron a la cabeza: pura vida.

A partir de ahí, sabía lo que le esperaba. Pero ya nada tenía significado, la felicidad era tan grande que se sentía realizada. Nada en el mundo podría cambiar su grado de satisfacción. Y así erizada y llena de alegría por dentro, llegó a su cuarto y se acostó en su cama. No se arrepintió de nada de lo ocurrido, al contrario, lo disfruto cada segundo y cada bocado. Sonrió, abrazó su almohada y siguió recordando el sentimiento.

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