La pesadilla de un claustrofóbico

Esta historia fue escrita entre Sandro Vergara, Enrique Castiblanco y Fermín Ángel Beraza. ¿Cómo te pareció el resultado?

elevador

El ascensor se detuvo de forma repentina. En el había cuatro personajes, el honorable pastor de una iglesia evangélica llamado Gonzalo, un proxaneta del centro llamado Bastián, un militar en servicio con el nombre de Juan y un intelectual marxista llamado Rubén. Enseguida Rubén empezó a sudar, su cara, movimientos y respiración pesada, delataban que estaba a punto de perder los estribos.

Rubén: ¡No voy a aguantar! Sabía que no debía montarme en este elevador, no voy a aguantar este encierro. ¡Auxilio!
Gonzalo: Tranquilo, hijo mío, respira profundo. En mi caso personal, cuando me veo frente a situaciones en las cuales mis instintos quieren superar mi compostura, siempre rezo dos Ave Marías. Haz lo mismo y verás como te funciona de maravilla.
En ese momento Bastián suelta una carcajada de burla.
Bastián: Dos Ave Marías mis pelotas. No hay superstición religiosa que cure la falta de hombría. Ambos son unos pobres diablos.
Gonzalo, abrazado de una Biblia, le contestó con suavidad.
—Que Dios te perdone, hermano. No se si alguna vez escuchaste que la fe mueve montañas, y, ante el peligro, no es solo la hombría la que triunfa, sino la perseverancia. —Hizo una señal en forma de cruz con su mano derecha y continuó—: y te agradecería que al Diablo no me lo nombres mas, no es mi preferido precisamente.
—Que Dios ni que Diablo ni que tres carajos —gritó Bastián—, aquí tenemos que poner “garra y corazón” si queremos salir de esta porquería.
Juan, que los observaba impávido, alisando su traje militar de gala con su mano derecha, trató de poner orden.
—Caballeros, creo que hay que serenarse. En situaciones como esta, tenemos que actuar en equipo y con disciplina. —El sabía muy bien, por su trabajo, a que se refería. Los demás no tenían ni idea, y seguían con la chilladera—. Si sumamos las habilidades de cada uno, tal vez salgamos con éxito de aquí.
Casi al borde del pánico, Rubén seguía pidiendo auxilio a gritos, tocando todos los botones del panel de control a la vez. Mientras lo hacía, golpeaba su cabeza una y otra vez contra la mochila que traía cargada de libros y manuscritos y maldecía.
—Nunca debí subirme a este puto ascensor. Lo presentía, presentía que algo malo iba a ocurrir. ¡Estos malditos capitalistas, siempre oprimiendo al pueblo! —Sus ojos estaban fuera de sus órbitas, y con la cara enrojecida de furia, seguía protestando—: ¡Auxilio! ¡Sáquenos de aquí! ¡Malditos poderosos, el proletariado vencerá!
—Debe haber sido un corte en la corriente —dijo Juan—, y para colmo no tenemos señal de teléfono, nada. Tendremos que fabricar nuestra propia estrategia para vencer al enemigo —recitó como si estuviera en el cuartel.
Justo cuando el tipo de la Biblia, la abría para buscar en ésta algún versículo apropiado para la ocasión, el ascensor cobró vida y bajó unos metros en forma precipitada, para detenerse en seco a los pocos segundos. Los cuatro hombres atinaron a lo mismo: recostar la espalda a las paredes del cubo, y buscar desesperadamente de donde agarrarse. El sacudón les quitó los colores de los rostros, y sus ojos mostraban una impotencia sin igual.
—Oigan, tenemos que actuar rápido, o estaremos en el fondo de este pozo en pocos minutos —dijo Bastián, acariciando su collar de oro que resaltaba de entre sus ropas coloridas—. Por mi profesión, he tenido que escapar de lugares parecidos a este, así que busquemos una salida de emergencia, un tubo de ventilación, o algo que sirva para salir de esta mugre.
— ¿Y cual es su profesión? —atinó a preguntar el pastor evangélico, todavía pegado a la pared del ascensor y con los ojos de susto.
—…Bueno, este…que, tengo una empresa. Si, una empresa de servicios. —Bastián no pensaba ni en sueños revelar su verdadera ocupación—, y quizás, alguno de ustedes ya habrá apreciado la calidad de nuestros servicios, —se rió y no ahondó en explicaciones.
—Basta de charlas, camaradas. —El militar se puso definitivamente al frente del equipo—: a trabajar se ha dicho. Ahí arriba hay una compuerta, tal vez sirva para buscar una salida. Necesito un voluntario para subir —dijo mirando a uno por uno de los compañeros.
—El intelectual es el mas joven, así que debería ir él —dijo Bastián—. Que pise sobre mis hombros mientras usted lo empuja con las manos. —El estrafalario empresario mostró disposición al trabajo—, y el religioso, mas bien que siga con sus rezos.” No es bueno llevarse mal con el de arriba”.
Con pocas ganas, el joven Rubén se acomodó un poco las ropas, pasó su brazo por la cara para secarse el sudor, y de un salto, pisando las manos del Capitán, se trepó sobre los hombros de Bastián. Empujó con fuerza la traba de la compuerta, y con otro salto, se ubicó en el techo del ascensor. Desde allí comenzó a grítales a sus compañeros.
— ¡Se ve muy poco! ¿Que tengo que buscar, aquí arriba?
—Alguna llave de emergencia —le gritó el militar—, algún cartel con indicaciones, una escalera, algo que sirva para salir.
A estas alturas, Gonzalo ya estaba arrodillado en un rincón del ascensor, murmurando algún rezo.
—Lo único que hay es un cartel reflector con algunas instrucciones —dijo Rubén—, ¿quieren que se las lea?
— ¡Por supuesto! —, chillaron todos a la vez—. ¿Para que diablos crees que te mandamos para ahí?¡Apúrate, carajo!
—Escuchen con atención, amigos, hay tres puntos a seguir —, dijo el joven—: primero, pulsar el botón rojo de la consola. Segundo, si no se tiene respuesta, llame por su celular a este número.
—Ya hicimos todo eso y no pudimos solucionar nada —vociferó el militar—,¿ cual es el tercer punto?
— ¡Que recen dos Aves Marías! Y si ya lo hicieron, agregar dos Padre Nuestro y un Gloria mientras se espera la ayuda.

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