Invéntale un título a esta historia que transcurre en un Ferry

Lo único que hace falta para terminar esta historia es el título. Te invitamos a participar y a que invites a tus amigos. El cuento ha sido escrito hasta el momento entre Marian Arija, Fermin Ángel Beraza y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo.

Imagen por Victo Ngai

Imagen por Victo Ngai

Una turba de acontecimientos hace que, los “voladores” inicien el camino a ninguna parte. La dama del sombrero, agitada por la desbanda, podría estar presa de pánico, asida a la barandilla de incierta estabilidad. Sorprendida, cuando salió a tomar un poco de la fresca brisa marina, Jane, asida de la inestable barandilla del Ferry, exclamó: ¡qué cantidad de aves, vuelan todas en bandada quien sabe a dónde, parecen ser golondrinas, como las de Becker en su poesía, nada más bello para acompañar la mañana!, y dirigiéndose a su esposo que aún se mantenía al volante del aparcado Cadillac le gritó alborozada:-ven amor, ven a ver estas maravillas, si acaso el poeta las habrá visto como nosotros para inspirarse.

Arnoldo, que ya miraba en dirección a los pájaros pero sin verlos, con su mano derecha se tomaba el estómago como impidiendo que algo le saliera desde allí debido al vaivén de las olas que nunca le causaron gracia. Poco le importaba si los bichos eran las golondrinas del ídolo de su mujer, o algunas rústicas palomas de campanario que solo se dedican a cagar estatuas de plaza… seguro que no le solucionarían sus problemas, por ahora. Por cortesía más que nada, giró su cuello en dirección de los gritos de alboroto de su esposa. La vio joven y bonita, el vestido pegado al cuerpo por el viento insinuaba más aun sus delicadas curvas, pero nada hacía indicar que su cabeza razonara siquiera de donde salía todo el confort que él le daba, incluido el viaje que estaban realizando.

Seguro que son golondrinas, se convencía a sí misma la mujer, por el color, oscuras como las de Becker. Escasa condición para definir un ave, pero no para una mujer que combinaba su vida de alta sociedad entre las clases de tenis, el té con amigas mientras leían algunas repasadas poesías y cena con parejas que poco conocía pero que daban cierto toque distinguido. No era su virtud el conocimiento de especies animales, ni de algunos otros detalles de los negocios de su marido.

En los ojos de Arnoldo, se fue desdibujando la silueta blanca de su mujer, el azul verdoso del mar, lo oscuro de la bandada, y solo alcanzaba a distinguir a lo lejos las primeras formas de una ciudad, su destino, su destrucción. Cual volcán que explota desde las profundidades, los pensamientos le bullían en la cabeza, y sabía que si no veían la luz, la explosión sería por dentro.
—Bonitas las aves, le dijo a Jane, pero ven para dentro del auto que debo contarte algo.
—Que ocurre, amor, acaso no estas conforme con el paseo, preguntó inocente su mujer.
—No quiero llegar a la otra orilla, no sería bueno para ambos, disparó Arnoldo como sacándose un peso de encima. Su mujer con los ojos grandes como soles, trataba de seguirle el razonamiento, aunque hasta ella sabía y reconocía que para eso no era muy buena. Me mandé un par de negocios que nos dejarían mucha ganancia, le contaba, pero resulta que los inversores quieren recuperar el capital, al triple de lo que invirtieron. Te imaginarás que eso es muy difícil de lograr. Yo traté de cubrir y para ello tuve que recurrir a algunos amigos. Luego el dólar se fue a las nubes, los intereses subieron, y en conclusión, tratando de hacérsela fácil a su mujer, me citaron en Buenos Aires para rendir cuentas: con dinero o con la vida. Por eso no quiero llegar a la otra orilla, ¿entiendes amor?
—Pero la culpa no es tuya, querido, si es problema del dólar ¿por qué te culpan de los malos negocios? argumentó la mujer intentando defender al marido.
—Eso ya no importa, querida. Lo que debemos definir es si enfrentamos a esa banda de especuladores, lo que veo muy difícil, o decidimos cambiar de vida en los próximos 30 minutos que faltan para tocar puerto. En definitiva: subsistir con menos, seguir juntos en algún otro sitio, y lo más importante…vivos.
—Elijo lo segundo, contestó rápidamente Jane. Y prometo ayudarte en lo que pueda con tal de seguir juntos, en definitiva se trata de defender nuestro amor, agregó.
—Arnoldo se sorprendió por la segunda acotación de su mujer, pero sin dárselo a conocer preguntó: ¿el tema es como hacemos para salir de este barco en plena marcha, y dirigirnos a otra parte? En verdad no esperaba alguna respuesta coherente de su esposa, pero de todas formas le agradó escuchar que se la jugaría por él en aquel comentario.
—Alzando la vista al cielo, Jane expresó con alegría: fácil, “volando como las golondrinas” y Arnoldo comprendió enseguida el plan. Dirigiéndose a la planta baja del Ferry, con la llave de su flamante auto en la mano, encaran al cuidador de la bodega proponiéndole un trato (bien que se le podría llamar así ya que cambiaban un artículo por otro). Con el motor fuera de borda en marcha antes de tocar el agua, el cuidador baja suavemente la lancha salvavidas, para que al tomar contacto con esta iguale la velocidad del barco y no se lleven un golpe que los hundiría al momento.

Con el nuevísimo llavero del Cadillac en su mano, el cuidador les de las últimas instrucciones: ni bien se alejen del transbordador, giren hacia el norte, encontraran la desembocadura del río Paraná, por él continúen hasta llegar a la selva paraguaya…ahí van a encontrar todo tipo de aves para investigar y agregó ya sin que lo oyeran los prófugos: estos científicos sí que están locos.

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