Ser lo que fui


Más de veinte anillos tenía, pero sus familiares seguían considerándole un niño. Había conocido muchas generaciones de aves. Muchas de ellas anidaban sobre sus ramas, esperando a la siguiente estación, protegiendo a sus descendientes mientras estaban en su cascarón. Pero él tenía otras aspiraciones… quería vivir por siempre. En aquel monte seco, donde debía extender sus raíces muchos metros para conseguir agua, no le apasionaba en lo absoluto existir.

Aburrido de su vida vegetal, soñaba con ver el mundo, convertirse en cualquier otra cosa y dejar de ser árbol. Se imaginaba cómo serían las oficinas de las que hablaban los excursionistas, las casas, las mesas, las sillas. Anhelaba salir de allí, cambiar su destino… y lo consiguió. Un grupo de humanos lo cortaron, lo transportaron, lo trataron y modificaron. Pasó por muchas manos, por muchos tratamientos de belleza, pero nadie, ninguno de esos bípedos racionales tuvo el atino de dejarle verse en un espejo.

No se les ocurrió mostrarle su nuevo aspecto y, mucho menos, hablarle del uso y las responsabilidades que iba a tener. Pero no le importaba, él estaba lleno de alegría, porque su deseo había sido escuchado por la inteligencia suprema. Lo vistieron por dentro y lo pintaron por fuera, resaltando su color y haciéndolo brillar. Aquello debía ser lo que llamaban “arreglarse”. No cabía duda de que se sentía guapo y estaba guapo.

¿Qué planes tendrían para él? Seguro iba a terminar en lugar muy importante y lujoso, en el que vería a mucha gente y lo admirarían. Oh, sí, cuánto lo admirarían. ¿Sería un libro? No. No se sentía como un libro. Él era mucho más vistoso. ¿Pero qué sería? Ya estaba listo. Un nuevo pedido reclamaba su salida y fue él el elegido para abandonar la fábrica de ataúdes. Quería vivir lejos de aquel aburrido monte seco y, sin embargo, a él regresó.

Le hicieron descender al interior de un profundo hoyo terrenal. Aquella tierra en la cual era tan difícil captar agua, aquella que lo vio nacer, aquella a quien había contemplado metros por encima de las ramas, esa misma ahora lo ocultaría por siempre. Humanos que no había visto jamás lo miraban desde lo alto con superioridad, tal y como él había hecho meses antes. Entonces el ataúd deseó volver a ser árbol.

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