Vuelve

Esta historia fue escrita por Diego Firmiano y editada por el Comité editorial de Cuento Colectivo. Dinos cómo te pareció el resultado. ¿Le cambiarías algo al cuento?

Foto tomada por  Helmut Newton

Foto tomada por Helmut Newton

«Gary, ya no sé cuándo es un juego y cuándo es verdad. Estoy perdida»

De Luna para Gary Hemprich

Llegó a las 8:00 a.m. en su Corvette rojo e hizo sonar la bocina. Ella estaba ansiosa desde la otra noche, cuando Gary, su enamorado, le había prometido que a partir del viernes pasarían unos días inolvidables al aire libre. Estaba en suspenso, pues sabía del carácter sorpresivo, propio de los hombres. Bajó rápido las escaleras, se subió al auto y vio en la parte trasera unas botellas de vino chileno, queso, aceitunas, caviar y una vieja cámara fotográfica Polaroid. “Son para la tarde”, aseguró Gary con una leve sonrisa que dibujó en su cara;  y para tranquilizarla le ensalzó su abrigo con textura de cebra. “Me lo trajo el  tío Josh de Kenia. Hay una industria ecológica que imita pieles, para saciar el deseo de los europeos que se vuelven locos por las pieles originales”.  Sonrieron, y se abrazaron.

Gary mantuvo la velocidad de 80 km/h sobre la avenida Alameda de Santiago de Chile, y conservó un extraño silencio durante todo el trayecto. Ella solo miraba las cosas pasar por la ventana, mientras el pañuelo que llevaba en su cuello se oreaba al son del viento recio.

– “Gary ¿y para dónde vamos?” Preguntó cándidamente Luna.

-“Ya lo verás, cuando un hombre da su palabra, nada puede fallar”

Ella mantuvo el silencio, propio de una amante que se entrega sin razonar y se acomodó los lentes oscuros marca Ray-ban. Después de 15 minutos llegaron al hangar 56 del aeropuerto, donde una avioneta CASA, modelo 1131 E, como si fuese un caballo esperando a ser montado, estaba listo para llevarlos hacia algún lugar.

-“¿Gary, qué es esto, no me habías dicho nada de un vuelo?”.

-“Cálmate Luna, solo confía que serán unos días maravillosos”.

-“Pero tengo nervios, siempre siento ese vacío en mi estómago cuando esas naves despegan” dijo.

-“Tranquila, estás conmigo y nada te pasará”, la abrazó de forma tierna y ella sintió esa confianza, no veía otra opción que confiar en él.

Sacaron del asiento trasero del Corvette los enseres y los acomodaron en una pequeña bodega en la parte lateral de la avioneta. El cuidador le hizo una seña con su mano a Gary, indicándole que todo estaba en orden, o sea, la avioneta  tenía el tanque de combustible lleno, el motor  funcionaba a la perfección y el clima era amable. La avioneta era una de las muchas que tenía Gary, pues su padre era un antiguo socio de Lan-Chile, que se había adherido al negocio de la aeronáutica después de exiliarse en Chile, proveniente de Alemania. La segunda guerra mundial se terminaba y con ello las ideas gloriosas del nacional-socialismo y el tercer Reich.  Otto Hemprich había sido un ingeniero de las avionetas Arado AR-195, que usaban los nazis para inspeccionar Polonia y otros países.

Ya en el aire, Luna abrazaba por detrás a Gary que iba manejando el aeroplano. Fue el momento más romántico, se cruzaron palabras de amor, y las miradas de soslayo se fusionaban en una esperanza que brillaba en sus ojos. Despegaron desde el aeropuerto Arturo Merino Benítez con dirección a la Isla de Pascua. Inicialmente Gary había planeado ir a la Isla del Coco a 350 millas de Costa Rica, un lugar encantador, pero encontraba muy lejos el lugar para tener solo uno par de días especiales. Aunque si hubiera tenido más tiempo, no lo hubiese pensado dos veces.

Fueron cinco horas y media de vuelo. El clima era bondadoso y la alegría fue inmensa cuando vieron esas llanuras litorales y algunos bordes de la isla que caían al mar como si estuviesen cortados a pico. Al  descender por la única pista, los ánimos de Luna se intensificaban y casi que solo moviendo sus labios, agradeció a Dios por la llegada. Gary simplemente agradeció todo a su buen manejo del aparato.  La casa veraniega solo quedaba a 500 metros de la pista, para lo cual un pascuense lo esperaba con un carrito de carga.

Ya en la maravillosa casa donde se hospedaron desde las 11:00 a.m. que llegaron, hasta las 4:15 p.m,  compartieron al son de unas viejas canciones de jazz.  Por el balcón que daba vista al mar, se vio una magistral bandada de gaviotas, con destino fijo. Luna estaba impresionada por tal espectáculo. Gary la siguió, la abrazó por la espalda y besó en el cuello.

Se le crispó la piel… se besaron tiernamente, y casi que desconectados del tiempo, la canción “I will wait for you” sonó varias veces.  Luna se retiró a su recamara, como para tomar aire, y sobarse su cara como si fuese una niña emocionada. Gary, por su parte, abrió la maleta de cuero color marrón que traía y sacó una pequeña octagonal, que era el motivo fundamental por el cual había decidió invitar a Luna a la Isla de Pascua.

Cuando Luna salió de su cuarto, Gary le pidió que cerrara los ojos.  Ella lo hizo, y pensó muchas cosas, menos lo que iría a ver segundos después. “El motivo por el cual te he traído acá es para pedirte que te cases conmigo, y para eso te ofrezco mi corazón y este anillo de compromiso”. Luna quedó sin aliento. Dos lágrimas corrieron por sus mejillas y el rostro que debía tener un aspecto de felicidad se tornó de tristeza, casi que rayando a lastima.

-“Gary, no puedo aceptar ese anillo, es mucho para mí. Eres un hombre muy bueno y te mereces una mujer que te amé de verdad”. Gary cambio su rostro de niño enamorado a hombre sorprendido y solo pudo hacer una sola pregunta.

“¿A qué te refieres, no… no entiendo?”, dijo con voz entrecortada.

“Gary, estoy en embarazo de otro hombre” dijo Luna entre amargas lágrimas. Gary se quebró e irrumpió en llanto. Su enojo se transformó en una tristeza fúnebre. Era un hombre culto, había estudiado en Francia e Inglaterra y no solo tenía una mente que pensaba, sino también un corazón que sentía.

“Fue en tu ausencia, dos meses antes de que llegaras, que me equivoque con otro hombre. Intente decírtelo, pero tu ternura y amabilidad me impidieron hablar y lastimarte”. Gary, sorprendido, solo lloraba silenciosamente. Nada de sonidos lastimeros, o pataletas de niño. Solamente lagrimas caían mientras miraba hacia el infinito.

“¿No me dirás nada Gary?” le inquirió. “No me dejes morir con ese silencio que guardas”. Gary levantó la caja del anillo que había dejado caer al suelo, tomó su maleta de cuero color marrón y se fue caminando hacia la pista donde estaba la avioneta estacionada. Ella lo siguió suplicándole que al menos le dijera una palabra, al menos un reproche, pero el silencio que llevaba Gary la había dejado casi que en el anonimato.  Luego de exactamente 15 minutos, llegaron a la pista de aterrizaje. Él lanzó la maleta en el asiento trasero del avión y le hizo una seña al cuidador para que encendiera el motor.

“Gary ¿qué vas a hacer? Gary por dios, respóndeme” le suplicaba Luna mientras le agarraba del brazo derecho. Sin pensarlo y en una acción rápida, él se subió a la avioneta y la hizo rodar por la pista hasta que despegó de tierra y alcanzo vuelo. Ella corría por la pista como intentando alcanzarlo. Se llevaba las manos a la cabeza, como quien hubiese tenido una gran pérdida. Se sobaba el rostro y se golpeaba el pecho de dolor. Rendida y sin aliento por llorar, se dejó caer en medio de la polvareda de la rustica carretera.

Desde ese día, Gary y Luna jamás se volverían a ver, pues Gary se embarcó como voluntario para combatir en la guerra de Vietnam, donde moriría después de pisar una mina instalada por el Vietcong. Ella, por su parte, conserva hasta el día de hoy, como si fuera una puñalada para su vida, la vieja foto que le tomó el cuidador de la avioneta, que había recogido la cámara Polaroid que Gary había dejado caer en la pista. Éste, presenciando tal escena, sin pensarlo, había capturado una instantánea que duraría no solo lo que dura una vida, sino lo que dura la  eternidad de dos seres enamorados, luego separados por azares del destino.

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