Valor líquido

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Borracho

Siempre me han dicho que busco chicas muy por encima de mis capacidades. No sé, no creo ser del todo feo, pero idiota sí, toda la vida. Eso cambia hoy, ya tengo mi objetivo, estoy bien vestido y no tengo miedo. Jamás me he sentido tan conquistador como después de esa botella de ron. Que se tenga, que se tenga de ese asiento porque aquí le voy. Tengo una estrategia, varias de hecho: “Hacerlas reír” decía mi padre, “confianza” dicen mis primos, “formol” dice mi cura.

Hace rato, en otro bar, tomé valor y me fui a hablarle a una rubia con rostro de ángel y cuerpo de diabla, pero no vi una silla y le pegué una patada. Para que pareciera intencionado arremetí contra aquel improbable contendiente inanimado y le di un mordisco y luego un cabezazo, quedé tan mareado después de eso que tuve que recurrir a la técnica del “ténganme, que estoy muy loco”. Dos tipos grandes y gruesos me siguieron la corriente y me sacaron a trompicones.

Esta vez mi objetivo es una mujer más bien mayor, quizá de unos cuarenta o sesenta. Su maquillaje trasluce las profundas marcas del trasnocho, sombras negras bajo sus ojos que gritan piedad. Sus labios extremadamente pintados contrastan con un rostro pálido qué alumbrado por aquel bombillo rojo de luz mortecina dan la impresión de estar en presencia de un decrépito payaso zombi. Es un lujo de mujer. Pero tiene esos ojos grandes que tantos recuerdos me traen, una mandíbula ovalada tan bella que hace notar que en su juventud fue el molde del que hicieron todos los estereotipos de belleza latina.

Calculé la distancia hasta la mujer, me levanté un par de veces a despejar el paso de sillas y letreros de “Mojado, pise con cuidado” innecesarios. Tomé otra copa, me remangué la camisa, aclaré mi voz y practiqué mis líneas. Debía preguntarle: “¿Qué hace un oso polar sobre un estanque congelado?”, darle unos segundos para pensar y luego añadir: “Romper el hielo”. Luego, simplemente disfrutar de su hermosa sonrisa, extasiada de escuchar una frase tan encantadora para entablar conversación. Estoy listo, aunque no sé qué diantres voy a decir después de soltar esas líneas, tengo confianza de que algo igual de ingenioso se me ocurrirá.

Al levantarme noté que el piso tenía un extraño desnivel que parecía acrecentarse más y más. Preocupado por la integridad del pobre, barbudo e indefenso hombre que tenía sentado al lado, lo sostuve para que no se cayera. Parece que se lo tomó a mal porque levantó su puño y su expresión cambió por completo, pero al levantarse también notó el desnivel y nos abrazamos. Decidimos ir juntos adonde la mujer, cuidándonos las espaldas. Llegamos tomados de la mano y tambaleando con mucho garbo y porte. Incluso en medio del apocalipsis encontrábamos tiempo para la cortesanía.

Sus preciosos ojos voltearon hacia mí. En su rostro apareció un gesto de curiosidad y picardía, había llegado mi momento. Aclaré mi voz y mientras tomaba aire escuché que mi peludo amigo preguntaba “¿Qué hace un oso polar sobre un estanque congelado?”, “Romper el hielo” respondí. Después de procesar la situación volvimos la vista el uno al otro. Jamás había sentido tanto odio por un hombre. Algo había salido mal, solo que no podía comprender qué había sido.

Contra todo pronóstico ella soltó la risa un segundo después. Nuestra torpeza había tenido un golpe de suerte inesperado. No sólo eso, hicimos reír a toda la mesa, las mujeres sentadas sobre el regazo de tres sicarios y el patrón. “Ave maría, se vienen a un burdel a levantar” dijo uno mientras la oleada de carcajadas se hacía más fuerte, “Y ni así pueden”…

 

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