Trauma post mortem

 

Maximiliano de Ciodaro fue un músico prodigioso, la calidad total de cada una de sus producciones, que se llevaron a cabo por un periodo de casi dos décadas y su distintiva voz medio ronca que le daban un estilo único a su música, lo inmortalizaron. Su barba y cabello castaño rojizo, abundante y despeinado, lo caracterizaban y multiplicaban su notoriedad. Siempre estuvo ligado al mundo de la poesía y a los círculos intelectuales y la exquisitez de sus ritmos y melodías camuflaban letras de canciones profundas que inspiraban a millones. La excentricidad de su personalidad, combinada con su inteligencia y elocuencia, hicieron de Maximiliano un personaje amado por muchos, que pasaría a la historia.

Cuando Maximiliano murió en junio de 2010, muchos llorarían su muerte, no obstante, a nadie afectaría más su ausencia que a su sobrina preferida, Bárbara, quien en esa época estaba a punto de cumplir 23 años. Bárbara tenía claro que él había sido la máxima influencia en su vida y después de su muerte, no pronunció palabra alguna y mantuvo una cara inexpresiva por casi mes y medio. No había vuelto a ser la misma joven sonriente y bromista y lo que más preocupaba a su madre era que al hablarle de su tío, hacía preguntas o comentarios como “¿Cuando llega de gira?” que obligaban a su madre a repetirle que había muerto, y provocaban, de nuevo, un silencio y una cara inexpresiva por parte de Bárbara de horas, a veces días.

Una noche, dos años y tres meses después de la muerte de Maximiliano, Bárbara estaba junto con su madre y empleada doméstica buscando qué ver en la televisión, cuando se cruzó con un programa humorístico, en el cual uno de los personajes era una parodia de Maximiliano de Ciodaro. Apenas su madre notó que Bárbara se había detenido en ese programa la comenzó a llamar “Bárbara, Bárbara, linda por qué te haces esto, Bárbara…” pero Bárbara parecía no escucharla, estaba sumergida en el programa.

Después de innumerables sesiones de terapia, Bárbara se había resignado a que, en efecto, su tío ya no estaba. Sin embargo, ese personaje paródico era idéntico a él, además, los gestos y comentarios que hacía encajaban con la personalidad y actitud de Maximiliano, era como si lo estuviera viendo, como antes, hablando en vivo en un programa de televisión. La madre de Bárbara no dijo nada una vez el programa se terminó y su hija se levantó y dijo “hasta mañana”, no dijo nada porque mientras transcurría el programa, Bárbara soltó varias carcajadas producidas por el imitador de Maximiliano, era la primera vez desde la muerte de Max que había escuchado a Bárbara reírse.

Al día siguiente Bárbara se levantó más temprano de lo común e hizo reservas en el siguiente avión hacía la capital de su país. Hizo uso de todos los recursos que tenía en su poder hasta dar con el nombre, la dirección y teléfono del actor que había parodiado a su difunto tío en el programa de la noche anterior. Al no recibir respuesta en el teléfono, Bárbara no dudó en darle la orden a su chofer de que la llevara a la dirección que le habían dado los productores del programa televisivo.

Tras tocar la puerta del apartamento 4 A del viejo edificio clase media baja, alguien abrió la puerta después de un par de minutos. Era un hombre en camisilla y pantalones desteñidos, tenía un rostro y cuerpo muy parecido al de Maximiliano,  su característica barba y pelo rojizo igual de desordenado. “Hola Bárbara, te estaba esperando” dijo el hombre. “¿Cómo que me estaba esperando?” preguntó Bárbara. “Así es… me he enterado de que has estado muy mal Barbarita. Eso no puede seguir asi tienes que seguir adelante con tu vida. Tú eres una niña hermosa con un futuro muy brillante, tienes que salirte del pasado y vivir el presente que es lo único que es real”. “Pero…” dijo Barbara. Antes de que Bárbara pudiera terminar, Maximiliano, o quien fuera dijo: “pero nada, te vas ya para tu ciudad, vas a continuar tu camino y no miraras nunca más atras”.

Cuando Bárbara llegó a su casa la madre la esperaba en la puerta. Bárbara entró y se quedó hablando con ella de la experiencia que acababa de tener. Era la misma Bárbara expresiva y alegre de siempre. Cuando Bárbara subió las escaleras de su casa para ir a su cuarto, la madre se levantó de la mesa en la cual había conversado con su hija y se dirigió hacía el telefono. Sonó tres veces el tono, alguien contesto y la madre de Bárbara dijo: “Gracias, muchas gracias, funcionó”.

Deja un comentario