Te vas Alfonsina vestida de mar

Cuento final

La mirada sostenida en los hilos helados que teje el tiempo, pero no ve nada. Su mente invadida de recuerdos y su pecho de suspiros que pugnan por volverse sollozos. Parada junto al ventanal la figura de Alfonsina parece confundirse con los objetos inertes que habitan la sala con vista al mar. En esos días el sol no ha brillado con la luminosidad acostumbrada. Un manto gris y frío parece cubrirlo todo. Y existir…ay, cómo le está costando existir.

La soledad cuando no es una elección, no es buena consejera. Los caminos de la vida parecen haber llegado todos a angostos callejones sin salida. Las misiones por las que vino a este mundo están cumplidas. Ella lo siente así. Entonces por qué…por qué no se termina el sufrimiento, por qué no se acaba el dolor que paraliza, que no permite escapar de las manos el pasado que con una fuerza invencible la mantienen atrapada.

Algo no está bien, sabe que ya no pertenece a este mundo. Ya no encaja. Entonces, por qué no ocurre lo inminente. ¿Quién intervino en los designios del destino? Ella es más fuerte que la fuerza que torció los acontecimientos. Ella, los va a enderezar. Con movimientos lentos, controlados, mecánicos, apoya suavemente la taza de café que no ha bebido, sobre la mesa de la sala y camina.

Camina al parecer sin rumbo, sin un propósito. Camina hacia la voz que desde las aguas agitadas del mar la llama, la reclama. No es sin rumbo, no. Sabe Dios qué angustia la acompaña, qué dolores su voz calla. Qué poemas nuevos irá a buscar. Al lado de la taza de café, testigo del insufrible dolor, en la sala, una nota: “Si llama él, no le digas que estoy. Di que me he ido”.

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