Sólo le falta el título a esta historia que transcurre en un bar de Nueva York

Cuento en construcción

Invéntale un final a este cuento realizado hasta el momento entre Angélica Kovac, Luis A. Iglesias, Karol, Amparo, Virgilio Platt, Sandro Jimeno y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo. Tienes hasta este sábado 5 de mayo de 2012 para participar.

Los carteles del teatro bar eran muy coloridos, en amarillos furiosos y verdes que hablaban de emociones extremas. Era el típico lugar de Nueva York al que era lindo ir, pero el problema era que hacer para entrar y con quien. Parecía una pesadilla, el GPS la había guiado hasta la puerta y había unos muchachos en la entrada con cara de pocos amigos, charlando vaya uno a saber que, mientras adentro sonaban los hermosos sonidos de un saxofón.

Era imposible pasar por la Gran Manzana y no pasar por “Siglo XXI” y eso era precisamente lo que María intentaba hacer. O sea, tomarse una copa mientras esperaba a Javier, que estaba tardando en llegar dejándola sola en semejante oscuridad. La duda comenzó a incomodarla, si entraba sola no sabía con quien se encontraría y si seguía esperando a Javier la ansiedad la terminaría matando.

Como ya no fumaba, buscó en el fondo de su cartera unas pastillas que la sacaban del apuro en estos casos. Iba tanteando cajitas, documentos, una billetera, pinturas para retocarse el maquillaje (que no usaría pero era bueno tenerlas por las dudas). Pero las pastillas de menta no aparecían, ni en los bolsillos externos, ni en el interno, tampoco. “¡En la guantera!”, se le ocurrió. Era cuestión de revisar otra vez, pero un “toc toc” en la ventana de su auto, que estaba estacionado en la parte más oscura de la cuadra, la dejó sin respiración y, por unos segundos, se sintió tan paralizada que no podía ver aunque miraba fijo a la persona.

¿Quién sería ese individuo cuyos rasgos no reconocía del otro lado del vidrio? Bajó la ventanilla lo justo para poder verle y hablar. Sus rasgos le dieron escalofríos de inmediato. “¿María?”, preguntó el extraño. “Sí”, dijo María sin mucho convencimiento. “Javier te espera dentro.  Acompáñame”. María no presintió nada bueno. El tipo permanecía inmóvil, mirándola fijo a los ojos. “Un momento, tengo que hacer una llamada rápida”, contestó ella. El número de Javier de repente había desaparecido de la memoria de su teléfono celular.

Aunque nada daba a entender que su presentimiento fuera acertado, María sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo de manera lenta.  Incluso, casi llegó a disfrutar esa caricia de temor creciente. Así, decidió descender del automóvil, sin pensar siquiera en nada, deteniendo su mirada en los rasgos del individuo que la incitaba a acompañarlo. Enseguida notó que, si bien el rostro que observaba le había causado escalofríos en un comienzo, éste transmitía cierta paz, un dejo de duda, una intriga creciente por saber… lo que fuera que él quisiera transmitirle.

Por fin, y sin darse cuenta, atravesó la puerta del teatro- bar, y notó que el personaje que la acompañaba la llevaba tomada de la mano, como intentando impedir que intentara cambiar el destino de sus pasos. El trayecto fue corto, tachonado de voces fugaces y miradas esquivas. El olor del tabaco impregnó sus pensamientos, llevándola a una sensación de mareo y dejadez que nada tenía que ver con lo que realmente sentía.

Pronto se encontró sentada en una mesa pequeña, rodeada de una profunda oscuridad. Frente a ella, una extensa sonrisa sin rostro comenzó a tomar forma. Los rasgos le resultaron familiares, no podía apartar su mirada de ellos. Volvía aquella sensación de obsesiva contrariedad al no poder reconocer lo que había de familiar en ese rostro. Era como cuando buscaba la palabra justa que luchaba por abrirse paso en los entresijos de su mente sin conseguir que saliera a flote.

Siempre que esto le ocurría en su cita semanal con el Dr. Poliakoff le invadía una angustia que la llevaba a levantarse del diván y que sólo las palabras de aquel conseguían calmar. La sonrisa se transformaba ahora en una mueca socarrona que parecía disfrutar de su malestar. María no conseguía discernir si era un hombre o una mujer quien se escondía tras ese rostro maquillado en exceso.

“Déjame adivinar: Estás segura de haberme visto en algún lado pero no sabes dónde. De hecho, todo este momento de seguro se siente como un deja vu o un sueño. ¿Estoy en lo cierto?” dijo la persona. “Es preciso” contestó María. “Tranquila, conozco la sensación”. “¿Dónde está Javier?” preguntó María. “No te preocupes bonita. Dentro de unos minutos tendrás una respuesta a todas tus preguntas. Pronto sabrás qué es lo que haces en esos periodos que no recuerdas” dijo la persona, justo antes de soltar una carcajada.

Entonces, para su sorpresa, vio entrar al doctor Poliakoff, quien se sentó junto a ellos. “Hola María” dijo él. “No entiendo nada doctor. ¿Qué demonios hace usted aquí?”. “Tú, mi querida María, eres el resultado de mis más recientes investigaciones. Creo que lo podríamos llamar: psicología experimental. Mediante la hipnosis y otros métodos específicos que no pienso mencionar, he logrado borrar gran parte de tu memoria y, por otra parte, programarte de una forma en la cual cuando escuches ciertas palabras clave, hagas exactamente lo que te pida.

Piénsalo bien María. Recuerda que justo hoy en la noche estabas en tu casa cuando recibiste mi llamada y de un momento a otro tenías que encontrarte con un tal Javier. ¿Quién es Javier, María? Creo que ni conoces a alguien con ese nombre”, dijo el doctor. Una gran ira se empezó a acumular dentro de ella al saber que todo este tiempo la habían estado manipulando.

María agarró una de las copas de la mesa con el final de romperla en la cabeza de este psicólogo demente. No obstante el Dr. Poliakoff musitó unas palabras confusas antes de decirle que se calmara. Orden que María al instante siguió. “¿Lo ves?” dijo el doctor a la persona que había acompañado a María hasta justo antes de que él llegara.

“Está completamente domada. Además es perfecta porque no tiene familia ni nadie que la reconozca” agregó el doctor. “¿Cuánto es que es la suma?” preguntó el individuo que antes se burlaba de María. “Un billón” contestó el doctor. “Está bien. Veremos si los cuesta. Si no, tú ya sabes…” dijo el individuo.

“No te preocupes” contestó el doctor “Los vale cada centavo. Tú más que nadie sabes de la efectividad de mis métodos. Este es el libro con las palabras clave para cada situación. Cabe destacar que entre más la adiestren en lo que ustedes deseen, más se acoplará esta arma a sus gustos y preferencias”. “Muy bien Dr. Poliakoff. Veré si es tan buena como me la ha hecho ver. Si es así, más le vale que esté en proceso de crear más” dijo el individuo mientras terminaba de firmar un cheque.

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