Realidades efímeras

Cuento final

 

 

Amanece oscura la ciudad, tornasolados flashes, energías intensas y encantadores bailes brotan mientras la pista de baile que aún sumida dentro del embrujo de la música se continúa moviendo. Está cerca esa incómoda hora en que todos miran su reloj desdibujados, preguntas sin sentido y caras espaciadas cubren el difuso entorno.

Caras de caballo, ángeles caídos, puentes inconclusos, a medida que se avanza lentamente hacia esa hora. Todos sabían que llegaría pero nadie hacía nada ante el inevitable hecho. Cuando apenas se ubicaba, sintió que alguien la tocaba. No miró mucho y sólo accedió a beber del trago que recibía por parte de alguna persona de la fiesta. Un grupo se acercó y la invitaron a un apartamento junto a otros incansables que se esconden del sol.

De repente se sintió inmortal, como con poderes, cualquier cosa era posible, hasta su miopía se había ido. ¿Qué tendría ese trago? Todo ocurría como en cámara rápida, los sonidos eran más fuertes y las luces más brillantes. En el carro camino al apartamento sólo había risas, música, humo y alcohol, todo lo necesario para concentrarse en el ahora y no en los eventos de las últimas semanas.

Al esperar en el antiguo ascensor del apartamento en el centro de la ciudad, el sonido del bajo iba aumentando a medida que se acercaban al piso 26. Alguien abrió las puertas del ascensor de forma manual y enseguida todos pudieron ver el panorama de hedonismo. La música en su esplendor, cuerpos sudados bailando a su compás.

Poco tiempo después de arribar al vago y tenebroso recinto, empezaron a reñir los destellos del sol con las sombras de la noche, mientras ella va sintiendo que una mano recorre su espalda y se detiene despavorida y fría, temblorosa y suave sobre el dulce arco de sus glúteos…ella gime. Él anónimo sujeto aprieta y ríe, los demás observan.

Pasaron los minutos. Ella sólo bailaba y bailaba. Un beso con el de la camisa de rayas y su pareja. Al ir por un trago sintió que alguien la agarró de las caderas y las forzó contra su cuerpo. Sexo en el baño. Euforia, locura, placer, olvido.

Al día siguiente amaneció en uno de los sofás del apartamento, desnuda al lado de un extraño. Muchos otros también estaban dormidos, desnudos, esparcidos por el apartamento. No sabía en dónde estaba ni cómo había llegado a ese lugar.

Al ver su celular leyó “134 llamadas perdidas”. Cojeando un poco caminó hacia la puerta. Al parecer, el remedio fue peor que la enfermedad porque ahora no sólo tenía que afrontar aquello que evadía, si no que tendría que vivir con la culpa de haber despertado de esa forma en un lugar recóndito, sin poder saber nunca qué había pasado y con ese dolor en todas partes.

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