Participa en el último capítulo de las aventuras de Enrique

Hace ya algunos meses Cuento Colectivo inventó las características principales de un personaje llamado Enrique. La idea era que a partir de esas características, ustedes, nuestros usuarios, crearan historias.

De ese ejercicio surgieron los cuentos “Fingir o morir”, en la cual ponen a Enrique en una situación bastante desagradable, “Intimidación”, sobre los casos de acoso sexual en las oficinas, “Pasiones subyacentes” acerca de los prejuicios que muchos solemos tener y “Razón versus intinto” en la cual Enrique tiene una encrucijada moral en una primera cita.

Les agradecemos por haber participado en cada una de esas historias y además anunciamos que nos despediremos de este personaje. Este será el último capítulo de la serie, así que no te pierdas la oportunidad de participar. Envía una narración completa o el inicio de una. Puedes participar a través de la zona de comentarios de esta página o escribiendo a comiteeditorial@cuentocolectivo.com.

A propósito de la imagen del payaso en esta entrada, es una referencia al dramaturgo inglés David Garrick, a quien el poeta y escritor mexicano Juan de Dios Peza le escribe esta poesía que les recomedamos llamada “Reír llorando”. Queda en sus manos encontrar la relación entre la poesía y nuestro querido Enrique.

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  1. Por razones de trabajo, era necesario que Enrique tomara un vuelo de 15 horas camino a Sydney, Australia. Antes de abordar, la persona encargada mencionó que por ese día, las sillas de primera clase en el avión tenían un 70% de descuento. “¡Que bien! Al parecer es mi día de suerte” pensó.

    Todo marchaba perfecto. El vuelo salía en unos minutos y nadie más se había sentado en la silla de al lado suyo. “Más espacio para mí” se dijo “tanta suerte no se ve todos los días”. Entonces, justo antes de que cerraran la puerta del avión, un pasajero entró en el último minuto.

    El pasajero miraba los números de las sillas y las comparaba con los de su tiquete. “Silla 7K. Esta es la mía” dijo el hombre. Cuando el hombre se sentó, Enrique volteó la cara e hizo un gesto de desagrado, no sólo porque ya no tendría más espacio, si no porque su compañero de vuelo por las próximas 15 horas tenía un fuerte olor en las axilas al cual se tendría que acostumbrar.

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