Lo único que le hace falta a esta narración es el título. ¡Participa!

Cuento en construcción

Sólo le falta el título a este cuento que ha sido escrito hasta el momento entre nuestros usuarios “La Telaraña Digital”, Javier Cornejo, Elvira Zamora, Ernesto, Tania Espinoza, Mari Carmen Tudela y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo.

Un día de viento fue a dejar unas rosas al pie de un árbol sobre el que se había encaramado la muerte. Todos los días dejaba las mismas flores, porque todos los días veía que el esqueleto no bajaba. Quizás, al ver las flores la muerte caería en cuenta que debía bajar o simplemente desaparecer, pero no ocurría ninguna de las dos situaciones.

Ella embelesada sobre el árbol miraba al mundo, reía de forma socarrona… hasta que aquel joven volvió con su ramo entre las manos. Sin embargo, esta vez su actuar sería distinto, hoy en cambio enfrentaría a la muerte. Entonces la muerte lanzó un racimo de flores desde el árbol, racimo rojo similar a la sangre más oscura.

El joven recogió el racimo y en un instante, cuervos se amontonaron alrededor del árbol. Después un gorgoteo, un estertor, una sombra. El hondo crepitar desnudo de la muerte se tonó hacia él, y con voz sepulcral le dijo: audaz mozuelo, osas tomar mis flores, las flores que día a día me entregas a mí, la única, la enorme parca.

El muchacho preso del terror quiso huir, después de todo era la primera vez que la muerte le hablaba, pero se armó de valor y repuso: “Me cansé de holocaustos inútiles, cada día he traído las mismas flores y no puedo hacer que bajes, por lo que decidí tomar éstas del último ramo y marchar”.

La muerte confundida, pues no sabía el propósito de las flores le preguntó “¿Para qué quieres que baje?”, “Para que me lleves contigo”, dijo el muchacho, “porque ya te lo has llevado todo. ¿Para qué quiero continuar? Llévame a mí también”.

La muerte lo contempló durante unos segundos, y a continuación, soltó una carcajada tenebrosa. “Por un momento me habías impresionado” le dijo al niño. “Has sido muy valiente hablando conmigo. Pero ahora veo que no eres más que un niñito asustado”.

El niño observó a la muerte con tristeza. Y ésta continuó hablando. “No hay valor en morir, niño. El verdadero valor está en continuar”. “Pero…”  intentó hablar el niño. “¡No!” le replicó la muerte autoritaria. “Tú no deseas morir. Lo que no deseas es vivir. Volveré por ti cuando haya encontrado un buen motivo, ese no me sirve. Mientras tanto, aprende a vivir, a lo mejor te sorprendes de todas las cosas que puedes encontrar.

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