La música de fondo de la vida

Cuento final

Foto de Annie Leibovitz

Playa. Les había prometido playa pero a último momento fuimos a las montañas. El carro se estropeó varias veces durante el camino, y los días de viaje los pasamos a las afueras del taller. La primera noche se mostraron amables. Dejaron de dirigirme la palabra a partir de la tercera. A la quinta noche el carro estuvo listo, y como las fotos eran urgentes, aprovechamos el paisaje de regreso, los bosques de camino a la ciudad. Caminamos en silencio buscando la locación perfecta.

Un piano llamó nuestra atención, nadie rechazó o aceptó mi propuesta de añadirlo a los retratos. Armé el escenario en un par de minutos y en seguida empezó la sesión fotográfica. Mientras guardaba el armazón, llegó un carro para llevarse a la pareja. “Nosotros no nos quedamos sin playa”, dijeron. No los entendía, decidí no dejarlos ir. Ellos estaban allí por una razón, servir a la fantasía de muchos… podían posponer la de ellos.  Hacía falta trabajar un poco más, hacer más tomas, intentarlo una vez más.

A partir de ese momento, me odiaron más todavía. Continuamos la sesión pero, a decir verdad, sus caras de desespero y actitud desganada me estaban arruinando las fotos y ya no sabía qué hacer. “Bailen”, les dije “¿Ese es su fuerte cierto? La idea es que eso se refleje en las fotos”. “Está como difícil inspirarnos sin siquiera tener música. Ese piano está todo desafinado. De nada sirve”, dijo ella.

Entonces, de la nada, se me vino a la cabeza una cita que leí no recuerdo en dónde. Decía algo así como “La vida debería tener música de fondo”, frase que me llevó a pensar que en realidad sí la tiene, lo que hay es que saber escuchar. “Pero si la música está en todas partes” les dije “y además, músico completo hace música con el instrumento que sea, así esté desafinado”.

A pesar de la compleja analogía, los dos entendieron enseguida y sonrieron con complicidad. Justo en ese momento unos pajaritos que siempre habían estado en el fondo se empezaron a escuchar mucho mejor. Tenían su propia sinfonía. De repente la inspiración les llegó. Él empezó a moverse al ritmo del canto de los pajaritos, y ella comenzó a improvisar una melodía con las cuerdas desafinadas del piano.

Sin darme cuenta, me encontraba en la mitad de un performance visual y sonoro fuera de este mundo. Ella estaba poseída con las notas del piano, a decir verdad, todos estábamos poseídos. Entonces él se montó encima del piano a bailar… y con qué pasión lo hacía. Fue en ese instante que tomé la foto maestra, la portada de revista. Unos minutos después el momento se había ido. Sin embargo, ya tenía lo que necesitaba.

“Ahora sí amigos. Somos libres” dije, consciente de todo el esfuerzo que todos habíamos hecho. Para mi sorpresa, ambos me abrazaron. La actitud de ambos había cambiado. “Queremos ver esas fotos, amigo. Si salieron como se sintieron, entonces están maravillosas” dijo él, a lo que yo respondí: “casi siempre salen como se sienten, no te preocupes”.

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