La furia de los faraones ancestrales

Este cuento fue escrito entre Enrique Castiblanco, Fermín Ángel Beraza y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo. ¿Cómo te pareció el resultado?

desierto

Llevaba veinte horas de caminata sin descanso en medio del desierto . El agua se había acabado hace más de cinco horas y la noche llegaría en menos de una. De repente, a lo lejos, vislumbró lo que parecía ser un oasis, aunque a esas alturas, el joven Justin le daba poco crédito a sus sentidos. Bamboleando en un mar de arena, las escasas figuras que había visto en toda la jornada parecían que flotar y se escondían tras las olas rojas amarillentas. Por obligación, más que convicción, juntó fuerzas y se levantó de su enésima caída, alentado por llegar al pequeño grupo de arbustos que tenía al frente.

Poco quedaba a esas horas de las bellas e imponentes imágenes de las pirámides egipcias, que hacía unos instantes le habían maravillado. Los consejos del guía de la expedición resonaban en la cabeza del joven, como eco de un campanario. No se separen, no tomen caminos que no estén habilitados, respeten los íconos del lugar, fueron algunas de las consideraciones del guía. Su mujer, Katia, iba unos pasos delante de él, y continuamente se volvía para reencontrar la mirada de su marido. Aquella excursión por los pasadizos secretos de la Gran Pirámide, no le terminaban de agradar, pero debido al entusiasmo de Justin por la aventura, lo acompañó sin mucho empeño. Algunos otros turistas preguntaban entusiasmados por todo lo que veían a su paso, y la comitiva serpenteaba los pasillos de piedra en bulliciosa marcha.

Exhausto, no le importaba si tenía que tirarse de nuevo en palomita, para comprobar si el agua era de verdad o de mentira como la que había encontrado unas horas antes. Solo tragó arena, rubia y seca arena. El lago que vio no era más que el cielo reflejado en la tierra. Su instinto de conservación, y el recuerdo de su amada, le impulsaban en su último intento.

Los expedicionarios aficionados, llegaron guiados por el experto, a una gran sala que se llamaba “de los faraones”. Impresionantes grabados en piedra, reflejaban la opulencia de una época. Una sucesión de reyes y sus familiares, adornaban el gran salón. En un escueto descanso, Justin se separó de su mujer y del grupo para repasar con sus propias manos, la figura de una joven reina que sostenía un bastón con cabeza de serpiente. Nunca supo que eso estaba terminante y mortalmente prohibido.

Faltaba solo un estirón más y llegaba. Pero la tormenta arenosa se levantó desde alguna duna diabólica para cortarle el paso hacia el oasis. Justin atinó a envolverse la cabeza con su chaqueta de explorador, y tirarse de panza tras unas piedras. El viento parecía remolinear de todos lados y la arena cruzaba en ráfagas como buscando al intruso. Lo último que vio luego de tocar a la reina de piedra, fue un túnel oscuro y frio… un frio que no era del desierto. Cuando el sol le cegó la vista, ya no quedaba nadie a su alrededor. Solo arena, cielo quemante y más arena.

Gritó y suplicó a nadie, para regresar con su esposa. Nadie le contestó. Buscó con desespero el monstruoso monumento a los faraones, pero este se había desecho en miles de gotas de arena. Corrió en locas direcciones, buscando retornar a los pasillos, al salón de los grabados, a su amada. Solo levantó nubes de polvo, seco y amenazante, que turbaron su mente. Pensando en despejarse…caminó, caminó y caminó. Por más de veinte horas caminó. Ahora, alucinando, veía aquel montículo de árboles.

Con la misma fuerza con que vino, la tormenta desapareció. Justin se encontró tirado, arrastrándose como gusano, con la mano suplicante tratando de tocar el oasis, de traerlo hacia él. Era la única salvación, en verdad era lo único que le inspiraba vida. Lo último que recordó fue que pidió al cielo, perdón por haber tocado a la diosa, a aquella figura de piedra y oro que adornaba el salón de los reyes.

Los beduinos le mojaban los labios con agua y le abanicaban el aire para que llegara a sus pulmones vacíos. ¿Donde estoy? Preguntó con voz débil el joven blanco. ¿Quienes son ustedes?, siguió. ¿Alguien puede entenderme? Con extraño dialecto, los hombres envueltos en túnicas, hacían gestos y mímica. Afortunadamente para Justin, de forma amigable. Cuando este pudo levantarse, ayudado por una mano anónima, fue conducido entre los árboles del oasis hacia el escondite del sol. Le señalaron a una distancia no muy grande, la Gran Pirámide y un núcleo apiñado de gente que venían a su encuentro, con Katia a su frente.

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