Invéntale un final a esta historia sobre una traviesa niña y su amada elefanta

Cuento en constrcción

Concluye esta historia que ha sido escrita hasta el momento entre Gustavo Lobig, Gerardo Triana, Alma Dzib Goodin y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo. Una vez sepamos el final de este cuento, le inventaremos títulos.

La bella y la bestia, les decían. Inseparables… la hermosa elefanta y su terrible amita iban a todas partes sin que nadie osara despertar la ira de la destructiva niña, a quien la elefanta obedecía ciegamente. Una mañana, después del desayuno, ambas se sentaron a contemplar su próximo escenario de tropelías. Frente a la fachada de la gran casa, acababa de estacionarse el sedán azul del padre de la niña.

Eso le dio a ésta una idea útil para realizar su nueva y más terrible travesura, la mejor de todas, la que acabaría finalmente con la casa, el coche y la niña, sin tocar ni un pelo de la enorme mole gris que ahora rumiaba su pienso, mientras su amiga se reclinaba contra su costado izquierdo para abrazarla.

La niña se acercó al auto y le quitó el freno de emergencia. Sólo hacía falta un pequeño empujón. Entonces le hizo la seña a su mascota y ésta impulsó el vehiculo en dirección de la gran casa de madera. La cuestión era que la elefanta estaba enferma y se había vuelto más una carga para el zoológico que cualquier otra cosa.

Tal vez esta era la única manera, dedujo la niña, de que el mensaje de no sacrificar a la elefanta llegara tan claro como el agua a su padre, el dueño del zoológico. Dulce pensaba que su elefanta, igual que todas las criaturas hechas por Dios, tenían derecho a vivir y a ser felices. ¿No venían para eso al mundo? Pero su padre sólo la veía como una carga, asi que esta vez, el mensaje sería fuerte y claro…

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  1. Por fortuna, uno de los empleados del gran terreno, alcanzó a montarse al carro y detener la catástrofe que se avecinaba. Pero no sin antes llevarse a la niña de la mano directo a su padre, para contarle lo sucedido, mientras otros cuatro empleados, con látigos y cuerdas, llevaban a la elefanta a su inmensa jaula.

    “¿Qué casi nos dejas sin un carro y sin casa por qué?” gritó su padre histérico. Dulce, con lágrimas en los ojos, le respondió que ella sabía todo acerca de los planes de matar a su elefanta y que lo iba a impedir a como diera lugar. El padre, conmovido, la sentó en su pierna derecha y le explicó que la elefanta ya llevaba mucho tiempo enferma.

    Que sí, era cierto que aunque este elefante no era blanco, sólo faltaba pintarlo de ese color porque la verdad era que su enfermedad le había costado mucho al zoológico. Sin embargo, más que por el costo económico, tocaba sacrificar a la elefanta porque ésta estaba sufriendo mucho. Después de una larga conversación acerca de la vida y la muerte, el padre terminó convenciendo a Dulce de que era lo mejor. Ella le pidió que antes de hacerlo, la dejara despedirse de su fiel mascota.

    Cuando Dulce entró a la jaula, la elefanta enseguida se puso feliz. Con su trompa, sobaba a la niña en su cabeza y cara. Dulce inspeccionó el lugar en donde habían lastimado a la elefanta y le roció agua a las heridas. Entonces abrazó a su mascota y le dijo que había sido la mejor mascota de todas. Le dijo que no soportaba que estuviera sufriendo y que si la verdad era que iba a estar más feliz en el cielo de los animales, entonces ella no iba a detener esa felicidad. Le dejó su muñeca preferida, para que la acompañara en el camino y entonces le dio su último beso a la elefanta.

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