Cuento Dalí (título provisional)

Cuento en contrucción

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Después de un largo día de trabajo, Augusto se sentó en la silla mecedora de su estudio a fumarse un cigarrillo y relajarse un poco. Al mecerse una y otra vez, contemplaba el afiche de una pintura de su artista preferido, Salvador Dalí, colgado en la pared del estudio, justo en frente de su silla. El afiche de la pintura que detallaba fue creada por Dalí en 1935 y lleva el nombre de “La mujer con la cabeza de rosas”.

Mientras pensaba en la increíble ilusión de tridimensionalidad de la pintura, más las sombras y la predominancia del verde, notó como de repente la mujer de la cabeza de rosas, protagonista en la obra, comenzó a moverse levemente, como haciendo una especie de baile pero no alterando mucho su posición original. De manera paulatina, los movimientos de la mujer eran más marcados, hasta el punto de llegar a un baile muy seductor, casi hipnótico, en el cual hacía uso completo de todo su cuerpo. Fue en ese momento que Augusto sintió un escalofrío que se originó en su espina y explotó en su cabeza con tres veces más poder.

Los colores del afiche se tornaron más reales y la mujer con la cabeza llena de rosas, mediante señas hechas por sus manos que encajaban en la armonía de su movimiento, llamaba a Augusto. Enseguida Augusto se levantó de su silla y se paró justo en frente del afiche, éste ocupaba ahora su rango de vista completamente. En ese instante la mujer con la cabeza llena de rosas volvió a su posición original. “¿Qué pasó?” se preguntó Augusto, quien no quitaba su mirada de la seductora mujer. Decepcionado, dio media vuelta con la intención de volver a su silla, pero en ese momento la protagonista de la pintura sacó su mano derecha del afiche y de un jalón se trajo a Augusto dentro de su mundo.

Augusto miró a su alrededor y no lo podía creer, estaba en uno de los desiertos de Dalí. Buscó a la mujer con la cabeza de rosas, quien estaba a aproximadamente veinte metros de él. La mujer seguía bailando y al mismo tiempo se alejaba cada vez más de Augusto, asombrado de la gracia de sus movimientos y de su flexibilidad. De pronto, Augusto sintió que alguien tocó su hombro. Dio media vuelta y era una mujer con el cabello negro, ojos azules brillantes y una cara, sonrisa y figura que a Augusto le pareció hermosa. Al detallar la ropa de esta mujer recordó que en la pintura de Dalí “La mujer con la cabeza de rosas” hay otra mujer que sostiene un papel, diferente a la protagonista, sin embargo, la cara de la mujer no es visible en la pintura, es por eso que no la había reconocido. La mujer de los ojos azules estiró su brazo, entregándole a Augusto el papel que sostenía, Augusto agarró el papel y leyó “Supera tus miedos y conquista tus sueños. No la dejes ir”.

Al buscar a la mujer con la cabeza llena de rosas, Augusto notó que estaba mucho más lejos, a casi un kilómetro, bailando y desplazándose en dirección de la cabeza gigante de león presente en el escenario. Augusto empezó a correr con toda su fuerza en dirección de la mujer con la cabeza de rosas, quien ya estaba entrando en la boca de la gran cabeza de león, “no la puedo perder de vista” pensó y no dudó en entrar a la boca de la gran cabeza de león una vez llegó.

Caminó unos cuantos segundos por un pasillo cuyo piso tenía baldosas cuadradas de dos distintos tipos de verde, uno más claro que el otro, y se topó con la entrada de lo que parecía ser un apartamento estilo loft. La entrada al apartamento tenía unas cortinas doradas muy peculiares, de lejos parecían el cabello de una rubia. Por dentro el apartamento tenía pisos de madera clara y un sofá con la forma de los labios de una mujer con labial rojo en el centro. Desde antes de entrar al apartamento era notoria desde la distancia la imponente pared color rojo al otro extremo de la entrada. En la pared roja había dos cuadros colgados uno al lado del otro, en un cuadro la pintura de lo que de lejos parecía ser el ojo izquierdo de una mujer y en el otro el ojo derecho. En el piso, entre los cuadros, había un mueble con forma de nariz que sostenía un reloj. “Qué demente viviría en este lugar” pensó Augusto en voz alta.

Tras buscar a la mujer de la cabeza de rosas por el apartamento y fallar en el intento, Augusto se devolvió por donde había entrado, la única opción que tenía en realidad porque el lugar no tenía más salidas. “Perdí mi oportunidad” pensaba. Cuando salió de la gran cabeza de león, Augusto seguía en un desierto, no obstante, la predominancia cromática del verde en el entorno se había ido. Caminó unos cuantos minutos a la deriva cuando empezó a escuchar el eco intermitente de un fuerte sonido que se estaba generando en la distancia, como los pasos de un gigante que corría hacía donde él estaba.

Fue entonces que Augusto vio en el horizonte una manada de cuadrúpedos en fila que no logró reconocer al instante, pero que se desplazaban a una gran velocidad hacía donde él estaba. Una vez los animales estuvieron más cerca pudo reconocer sus figuras, eran un caballo voluptuoso que lideraba, seguido por varios elefantes, uno tras otro. Lo extraño era que esos animales tenían patas mucho más largas de lo común, patas casi el doble del tamaño que el de una jirafa y con una figura y andar arácnido. Los elefantes cargaban en sus lomos diferentes obras, uno llevaba una copa en la cual se encuentra una mujer denuda extasiada de deseo, otro llevaba un obelisco, otro una edificación con arquitectura palladiana y el último, más alejado de los demás, una torre fálica.

Apenas el caballo estuvo a una distancia relativamente cerca a Augusto, se encabritó y rechinó causando un fuerte eco. Cuando puso sus dos patas frontales sobre el suelo, hubo un sonido ensordecedor y un corto temblor. Augusto aprovechó el momento para saltar y abrazar una de las patas del caballo, que enseguida comenzó de nuevo a moverse. Augusto intentó con toda su fuerza sostenerse de la pata del caballo, no obstante, después de varios minutos el caballo se encabritó de nuevo y no pudo sostenerse más, salió expulsado con una fuerza tremenda que hacía que su cuerpo girara sin que lo pudiera controlar y sin que pudiera ver dónde caería.

Pasaron unos minutos y Augusto sintió que se había detenido pero sin ningún impacto ni estrellón. Abrió los ojos y había a su alrededor toda clase de objetos y figuras surreales. Había un piano con una pequeña apertura que causaba una “fuga de agua”. Cuando Augusto siguió con su mirada el trayecto del chorro de agua se percató de que el suelo estaba a varios metros de distancia, estaba levitando junto con todas esas figuras. Había a su alrededor cientos de cosas, un gran saltamontes, un minotauro con una gaveta en lugar de su pecho, una mano con hormigas que salen de un orificio en el centro de la misma, un cristo, un reloj que se derrite, una jirafa en llamas, figuras eróticas de torsos de mujeres desnudas, senos o genitales y toda clase de rocas con perforaciones o formas extrañas. Estaba entretenido con la peculiaridad de cada forma cuando la vio a unos cuantos metros arriba de él, era la mujer con la cabeza llena de rosas.

Ambos estiraron sus brazos y se agarraron las manos gracias a una extraña fuerza que los atrajo. Augusto tuvo un furor inmediato, sintió un alivio instantáneo de la inmensa carga de sus penas, un sentimiento de confianza del que sabía sería siempre esclavo. Todos los objetos se alejaban cada vez más del suelo y estaban siendo succionados al final por lo que parecía ser la cara de una mujer con rizos. Era una especie de objeto surreal caníbal porque se alimentaba de los demás objetos, pero Augusto, en su trance, no lo había advertido y la verdad era que no le importaba. Cuando les llegó el turno de ser succionados a ambos, la sonrisa de la cara de Augusto aún no se había borrado.

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