Fingir o morir

Cuento final

Este cuento fue realizado entre Remo, Susana Chiappetti, Enrique Castiblanco, Jairo Echeverri García y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo. Tu retroalimentación es bienvenida.

Una situación azarosa remitió a Enrique a transitar por una calle casi desierta de un pequeño pueblo que visitaba por primera vez. Agobiado por el calor extremo y con la prisa propia de quien se dispone a realizar una importante diligencia, fue sorprendido por una anciana de rudo aspecto que, saliendo de su casa, ofrecía a Enrique té y galletitas. “¡Té y galletitas!” se acercó con una charola vacía… “Té y galletitas”.

Ajeno a las costumbres del pueblo y no sabiendo bien qué hacer, Enrique accedió casi por inercia a tan inusual ofrecimiento, del hambre indescriptible que tenía. La mujer, conocida en el pueblo como doña Leonor, acostumbrada a recibir una completa indiferencia como respuesta, se sorprendió por la reacción de Enrique, quien ya se encontraba en la mesa ávido de degustar el prometido té y sobre todo las galletitas.

Doña Leonor, decidida a no desperdiciar la oportunidad de compartir su mesa con alguien, después de tantos años de soledad, buscó entre sus latas medio oxidadas algo que ofrecer a tan gentil caballero. Mientras estaba entretenida en encontrar cualquier cosa adecuada para el té, descuidó el resfrío que la aquejaba ya desde hacía unos días y dejó que fluyera de su nariz un interminable hilo amarillento que se desplazaba hacia la comisura de sus labios.

Enrique la observaba. Sin titubear, Leonor se secó con la palma de la mano ese hilo pegajoso que corría por su cara. Y, con esa misma mano, tomó en un gesto impensado y continuo, sin detenerse en un papel o un trapo, dos bizcochos viejos que encontró en el fondo de un tarro.

Enrique sintió que una arcada profunda lo invadía pero, fiel a su estilo de no incomodar a nadie, la controló. Allí estaba ahora Enrique, sentado frente a un plato con dos bizcochos viejos y humedecidos por el resfrío de la vieja, frente a una taza con agua de grifo (té no había, claro) calentada en una olla grasienta y frente a una mujer que lo miraba expectante.

Enrique estaba a punto de meter los bizcochos a su boca cuando, por fortuna, el teléfono de la señora sonó, haciendo que ella se distrajera por unos segundos. Enrique aprovechó para botar los bizcochos y el agua por la ventana. Cuando la señora llegó, Enrique simulaba limpiarse la boca con una servilleta. “¿Qué tal estaba joven?” preguntó la señora. “Exquisito mi señora, exquisito. Estoy sorprendido con la hospitalidad de la gente de este pueblo.

De verdad es muy acogedor” dijo Enrique. “Sí, acá somos famosos por nuestra cocina y por nuestra amabilidad. Es más, si estás libre a la hora del almuerzo siéntete libre de…”, antes de que la señora terminara la oración Enrique fingió recibir una llamada y se despidió de la señora. Mientras se alejaba caminando de la casa de la señora pensaba “¿Por qué me pasan a mí estas cosas? Me debería ganar un Oscar. ¿Cuándo aprenderás Enrique? No a todo el mundo puedes complacer”.

Estos son los otros cuentos finales relacionados con este ejercicio:

  • “Intimidación”, cuento escrito entre Luis Ocampo, Nando Gutiérrez y la edición del Comité editorial de Cuento Colectivo

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