Fiat lux

Cuento final

Esta historia fue escrita por Joan Araújo para Cuento Colectivo, y surgió a partir del ejercicio en el cual la idea era dar tu propia versión de la profecía maya. ¿Te gustó el resultado final?

Fluyo a través de todas las cosas; fluyo, pues soy energía. Soy energía y, como tal, nada me ha creado ni nada ha de destruirme. Soy vida, por eso la otorgo. Lo soy todo, hijos míos, soy vuestra luz, vuestra esperanza, y también seré vuestra perdición.

El cielo estaba tan negro como siempre, permanecía quieto, silencioso. En el horizonte, pequeños puntos blancos brillaban con tristeza, pues la mayoría de ellos, sólo eran reflejos de estrellas, masas de gas, que habían dejado de existir tiempo atrás. El cielo estaba quieto, y poco a poco, se fue acercando una luz.

¡Padre mío! ¿Has visto esa estela de luz verde que se extiende por encima de nuestro hogar? La calma, ah, querida seductora… la calma no permaneció. Yo lo soy todo, queridos míos. Siempre han querido la luz, así que ahora se las traigo. El Sol, el padre, estaba orgulloso de su propia majestuosidad, mostraba a los planetas, cuán grande era su energía, cuán grande su poder. ¿¡Por qué cerráis los ojos ante mi belleza!? ¿¡Acaso es demasiado poca, o sencilla, o extravagante!? Tranquilos, queridos hijos, me esforzaré; LUX UNITA CLARIOR.

El día de hoy -el viejo escribe lentamente-, ha transcurrido en la total desesperación. Creímos que, con las debidas precauciones, los daños no serían mayores… nos equivocamos. Hace un año, comenzamos la investigación continua, extenuante. El ACE, el único satélite en el que confiamos, falló en el momento más decisivo. Sus circuitos, no soportaron la eyección de la masa coronal.

Las radiaciones afectaron nuestro organismo, la melatonina desapareció y, ahora, nuestra vejez nos acerca cada vez más al final. El día de hoy, el cielo se incendió; nuestras computadoras se apagaron, al igual que nuestras esperanzas. Nuestros lentes especiales, no lograban protegernos. Ahora, aquí, sólo me queda decir que: espero ver, aun siendo ciego, lo que él quiere mostrarme.

¡Oh, qué baile el de ustedes! Adoro mirar vuestros labios; adoro sentir vuestro terror; adoro alimentarme de vuestra ceguera y locura. Vengan, no me temáis, les daré refugio. Les daré socorro. Yo no soy vuestra madre, pero sí vuestra nodriza, me conocéis desde pequeños. Vamos, ¿acaso es posible olvidar a la dama de negro? Vengan, no me temáis, soy la muerte; prometo no haceros sufrir demasiado.

Las luces mágicas, cautivan, permiten el olvido. Las luces, moviéndose de aquí a allá, se introducen poco a poco, llevan dentro de sí, una energía altamente reactiva. Una energía que podría crear vida, una energía, que, sin embargo, sólo viene a destruir. ¿¡Qué hacéis allí, bajo mi cintura!? ¿¡Qué hacéis allí, en mi pecho!? Necesito explicaciones. Necesito razonamientos. ¿¡Acaso no todo se puede expresar en fórmulas?! ¿¡Qué le hacéis a mi templo, querido Padre!?

El escudo invisible ya está roto. Los ancianos sobrevivientes, sonríen. Aunque ya no puedan ver, sienten el calor, la muerte, la desgracia, el llanto de Urantia. Son uno con su tierra, con su dolor. Hija querida, sólo te purifico. Mi amor hará real nuestro sueño: un mundo de luz.

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