El inevitable hecho (título provisional)

Cuento en construcción

Este ejercicio inició como una narración a partir de una imagen, pero gracias al aporte de Juan José Alonso, uno de nuestros usuarios, y la edición de Cuento Colectivo, ahora tenemos un punto de partida. Tienes hasta el 18 de julio de 2011 para inventarle un final a esta historia o votar por tu preferido. ¡Participa!

Imagen por Catalina Lotero

Amanece oscura la ciudad, tornasolados flashes, energías intensas y encantadores bailes brotan mientras la pista de baile que aún sumida dentro del embrujo de la música se continúa moviendo. Está cerca esa incómoda hora en que todos miran su reloj desdibujados, preguntas sin sentido y caras espaciadas cubren el difuso entorno.

Caras de caballo, ángeles caídos, puentes inconclusos, a medida que se avanza lentamente hacia esa hora. Todos sabían que llegaría pero nadie hacía nada ante el inevitable hecho. Cuando apenas se ubicaba, sintió que alguien la tocaba. No miró mucho y sólo accedió a beber del trago que recibía por parte de alguna persona de la fiesta. Un grupo se acercó y la invitaron a un apartamento junto a otros incansables que se esconden del sol.

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on “El inevitable hecho (título provisional)
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  1. Poco tiempo después de arribar al vago y tenebroso recinto, empezaron a reñir los destellos del sol con las sombras de la noche, mientras ella va sintiendo que una mano recorre su espalda y se detiene despavorida y fría, temblorosa y suave sobre el dulce arco de sus glúteos…ella gime, suda. El aprieta y ríe, los demás observan.
    Acaso estas de humor para bailar? Y ella observando sus ojos.
    Acaso quieres que te jure amor eterno? el nuevo adonis va humedeciendo sus labios.
    Tangible, ignaro, fugaz, sublime, húmedo y ardiente, se presta a mi alma tu sórdido corazón, tu cuerpo que se resiste a abandonar mi memoria provoca morbosos pensamientos y entonces deseo con ímpetu de rayo tocar las suaves y erógenas pieles que abrazan tu cuerpo, aferradas por que sí; deseo olvidar la ordalía del acabado mundo y solo acomodarme en tu cadera, con actitud resuelta y corrientes de luzbel, inquieto por tu carne, besarte con lujuria. Como quisiera un infinito día, que no terminara nunca este momento, atiborrarlo de dicha, de pasión, de paz, de alegría de amor, dolor entrega y juramento.
    En ruidoso tropel la multitud se aleja.
    Solos ya en el tibio lugar ella cruda y mordaz responde:
    Acaso piensas que el amor existe? creo q murió a finales de los años 30…justo cuando quiso nacer la poesía y la música se inmolaba en los sones de nuestra era, allí la tristeza era más dulce y la fiebre fue amarilla. Recuerda… los gatos maúllan en los techos y el amor se vende en las tabernas.

  2. Pero con la mirada yerta, el ceño fruncido y la piel escaramuceando aún el tibio placer de lo que fue un orgasmo prestado, él se inmuta en el acto. Aprieta la frágil muñeca en donde ella cuelga todos los antojos arrebujados de antaños trenteros. Los gatos aún maúllan en los techos y el amor se sigue vendiendo en las tabernas. El mismo ruido estridente sigue estremeciendo las paredes del lugar. Ella sigue manteniendo en sus labios la frase fresca que humedeció sus ideas. Aún muere por saber, desde lo más sublime de su acento, si el amor existe. Desde adentro de las vísceras él deja salir una expresión tan sombría como tétrica: el amor es tan real como real es el amor. Ella sin entender, pero complacida en los afectos, muestra un tímido conato de sonrisa. Los rostros se hacen parcos, las miradas caen y la piel de nuevo se viste de otros. Todos abajo sospechan que el tiempo es cierto y el amor un chiste. Se abre paso por entre la concupiscencia el arrebato del hombre que seduce con las frases. Ella se rinde y se apresta a la embestida. Abajo algunos ríen, otros adolecen sus hipotecas. Ellos sobreviven al instante fortuito del amor prestado.

  3. De repente se sentió inmortal, como con poderes, cualquier cosa era posible, hasta su miopía se había ido. ¿Qué tendría ese trago? Todo ocurría como en cámara rápida, los sonidos eran más fuertes y las luces más brillantes. En el carro camino al apartamento sólo había risas, música, humo y alcohol, todo lo necesario para concentrarse en el ahora y no en los eventos de las últimas semanas.

    Al esperar en el antiguo ascensor del apartamento en el centro de la ciudad, el sonido del bajo iba aumentando a medida que se acercaban al piso 26. Alguien abrió las puertas del ascensor de forma manual y enseguida todos pudieron ver el panorama de hedonismo. La música en su esplendor, cuerpos sudados bailando a su ritmo.

    Pasaron los minutos. Ella sólo bailaba y bailaba. Un beso con el de la camisa de rayas y su pareja. Bailes que incitan. Al ir por un trago sintió que alguien la agarró de las caderas y las forzó contra su cuerpo. Sexo en el baño. Euforia, locura, placer, olvido.

    Al día siguiente amaneció en uno de los sofás del apartamento, desnuda al lado de un extraño. Muchos otros también estaban dormidos, desnudos, esparcidos por el apartamentos. No sabía en dónde estaba ni cómo había llegado a ese lugar.

    Al ver su celular leyó “134” llamadas perdidas”. Cojeando un poco caminó hacia la puerta. Al parecer, el remedio fue peor que la enfermedad porque ahora no sólo tenía que afrontar aquello de lo que huía, si no que tendría que vivir con la culpa de haber despertado esa forma en un lugar desconocido, sin poder saber nunca qué había pasado y con ese dolor en todas partes del cuerpo, literalmente.

  4. Aunque me parece que el texto de Yamid tiene varios puntos fuertes, me da la impresión de que a medida de que avanza el relato se pierde la fuerza del contexto. Es decir… ¿una historia de amor en medio de ese entorno? No me suena. Me quedo con el final de Stephanie, es mucho mas asertivo y te deja pensando.

  5. la historia va dando el giro que cada aportante le vaya dando, yamid simplemente empezo una idea, no es el hecho hablar mal del uno o del otro solo de opinar cual gusta mas, serrato se salio de contexto, invento otra historia, habla de el camino al apartamento y en los aportes anteriores ya habian llegado al apartamento, ella debia continuar la historia y darle un fin, y en cambio lo q hizo fue volver a contarla, ya en los aportes anteriores ellos estaban solos, no en un aquelarre, ademas los dos aportes anteriores son narrativa hecha prosa, con imagen y no tan plana,,,esto es literatura y como subjetiva q es debemos darle credito a lo poetico tambien que suene y a lo logico q nos parezca. animo yamid…sos rebueno…

  6. A la hora exacta, en la madrugada, la soñé en un lugar imaginario donde las olas se confunden con el brillo de la luna.
    Era esa hora en la que el efecto de las cervezas, creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. La hora de la sentencia, el amargo trago del amor, me bebí la soledad en una barra de nostalgia, en la barra de ese bar donde palpitan los sentimientos de seres solitarios. Allí me la tomé de un trago y la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago y encendiendo una llama en la boca del estómago. Era la novena cerveza o la décima, no lo sé, porque a la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza.
    Ella, fría, calculadora, me atajó mi embate sin rodeos y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía estar sola. Es así, orgullosa. Sentenció con el brillo de sus ojos y en sus labios corrían los deseos confrontados con los prejuicios. Y fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más.
    Era la hora exacta, la del tiempo detenido, la del silencio amargo, la del reloj de arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos.
    En la cerveza número once o doce, o quizá en la primera, perdí de nuevo en el amor, gané en el olvido y me retiré a dormitar en los espejos moribundos de las calles vacías donde la nostalgia vaga herida de melancolía. Caminé toda la noche hasta que al alba me sorprendió un día más, embriagado de amargos tragos, dando tumbos, observado por las ventanas cerradas del amor, del calor interno, del sueño perdido.
    La luz del sol me estalló en los ojos que se llenaron de lágrimas: llanto olvidado en el camino. Regué las calles empedradas de esa ciudad soñada con una larga meada de cervezas y de noches rotas. La forja de las rejas me hablaba de encierros, de cárceles…
    Sueños amputados, secuestrados por el calor de sábanas engarzadas a cuerpos sudorosos. Sus labios, sus pechos, su agujero infinito, su aliento macilento enfrascado con el mío cargado de cervezas y de cigarros de melancolía. Mis labios, mi torre de Babel asaltando esos puntos en los que se rompen los cristales y ya nada puede unirlos.
    Era la hora de la realidad, de la puesta en escena de los prejuicios y los cristales se empañaron alejándonos una vez más. Así de nuevo desperté a la hora en la que se despiertan los noctámbulos. El almuerzo me la devolvió en el sabor de la sopa y la primera cerveza estalló en mi estómago y comencé un día más, una noche que se ajetreaba por ser viernes y los deseos seguirían cabalgando, en tropel, mirado por otros ojos, besado por otros labios…
    La luna saltó de su cama y fue regando los rincones oscuros en los espejos y los cristales se rompieron a la novena o décima cerveza, no lo sé, siempre pierdo la cuenta y la cabeza cuando esa cifra baila en el mostrador.
    Sentí miedo y me refugié en los pechos calientes de otra mujer y desperté abrazado a la botella.

  7. El lugar exquisitamente infernal llenaba a los asistentes de una magia ensombrecedora, los rostros palidos se distorsionaban por las bocanadas de humo, las miradas perdidas se encontraban en un baile triste que se quebrantaba cuando ella, si, la del sueter rojo se paseaba vivazmente incrustando en aquel aire mortuorio un halito de vida, no importaba su manía de desprenderse a mitad de cigarrillo para prender otro, de robarte el aliento con esa boquita de mariposa o de pasearse por aqui y por allá susurrando, buscando colores para irizar sus caricias sombrias. ¡Que vaina!

    El tiempo pasa amarrado a un interminable silencio interior y ella no deja de danzar, de beber, soñar, fumar, tiene la fortaleza de un hombre, la piernas bien puestas, hay en su alma y quiza en su triangulo fervoroso un convenio entre la vida y la muerte

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