Domingo existencial

Cuento final


Imagen de Evelyn Proimos

Después de un sueño profundo, Gerardo abrió sus ojos pero la intensa luz del día lo obligó a cerrarlos. En un segundo intento, usando su mano derecha como escudo contra el resplandor, intentó abrirlos de nuevo, esta vez de forma más lenta. Ese domingo el cielo estaba despejado y el sol en su máximo esplendor. “Fantástico, otra vez me dormí sin cerrar las cortinas” se dijo a sí mismo. Su cabeza estaba que explotaba, por lo tanto, ese segundo intento de abrir sus ojos fracasó, además las paredes blancas de su cuarto, y las sábanas blancas de su cama no ayudaban tampoco a su retina. Solucionó el problema poniéndose una almohada encima de su cara que cubrió toda la luz. “¿Qué habrá pasado anoche?” se preguntó. El malestar en su cuerpo era descomunal. Tras cerrar las cortinas con los ojos entreabiertos,  se lanzó a su cama de nuevo y quedó dormido casi al instante.

Soñó que estaba en la casa de su madre, en una cena con su esposa, sus dos hijas y, por supuesto, su madre, los seres de su familia que más amaba. Todos estaban sonrientes y con cierta aura que los hacía ver casi angelicales, de hecho, toda la casa se veía más iluminada o brillante de lo normal. De pronto Gerardo comenzó a ver gotas de sangre que caían sobre la presa de pollo que se comía y Ariadna, su hija menor, soltó un grito de pánico agudo y potente. “Te sangra la nariz hijo, ve al baño a limpiarte” le dijo su madre a Gerardo, quien cubriéndose la nariz con una de las servilletas de tela color amarillo de la mesa se levantó haciendo caso. Mientras caminaba al baño sentía una fuerza en su mandíbula que lo obligaba a chocar sus dientes unos contra otros. La fuerza en su mandíbula era increíble y estaba ocasionando que una de sus muelas se aflojara, era muy doloroso, pero Gerardo, por mucho que intentaba, no lograba controlarlo.

Entró al baño desesperado y en ese momento sintió como su muela se rompió en dos. La fuerza en su mandíbula lo había ocasionado, no obstante, una vez la muela se rompió la fuerza incontrolable cesó. En ese momento Gerardo tuvo la sensación de tener arena en su boca. Pensó que tal vez eran los pedacitos de su muela. Corrió al lavamanos y escupió tanto los restos de su muela como la sangre que tenía acumulada en la boca. Después, se miró al espejo y notó como su nariz aún sangraba y sus ojos estaban rojos e hinchados. Se sentó en el inodoro mientras miraba al techo intentando detener el flujo de sangre de su nariz tanto con la servilleta, ya empapada, como con la gravedad.

Después de unos cuantos minutos sintió menos congestión en su nariz y por lo tanto, dejó de mirar hacía el techo. Miró la servilleta que tenía en su mano derecha, pero ésta ahora era rosada y no tenía ni una gota de sangre. Enseguida se levantó del inodoro y se miró al espejo nuevamente. Lucía normal. “Raro” se dijo a sí mismo. Caminó hacia la puerta del baño y cuando la abrió su mejor amigo, Rómulo, estaba afuera. “Llevas horas acá adentro, me estoy reventando grandísimo payaso, corre al estudio para que veas el estado de Blas y Jonás” dijo Rómulo mientras entraba al baño con un vaso de whisky en la mano y una cara de embriaguez y descompostura extraordinaria.

Gerardo miró a su alrededor y notó que ahora estaba en la casa de Jonás que queda a las afueras de la ciudad. Al entrar al estudio vio a Blas dormido en uno de los sofás y a alguien sentado en una de las sillas de cuero con una mujer pelirroja encima acariciándolo. Gerardo sólo podía ver la espalda, vestido y cabello rojo de la mujer y los pantalones y zapatos de quien suponía era Jonás. “Que belleza” se dijo. Al voltear para revisar cómo seguía Blas, Gerardo se percató de que éste ya no estaba dormido, si no conversando con Rómulo, a quien no escuchó entrar. Desde lejos, al detallar los gestos de Rómulo y Blas al conversar, Gerardo tuvo la impresión de que estaban hablando de él. Una breve mirada lanzada por Rómulo en su dirección, seguida por una carcajada burlona  por parte de Blas fueron los primeros indicios que produjeron la sospecha y desde que esa sospecha empezó, Gerardo ya había afinado su oído al máximo para ver si podía escuchar algo de lo que hablaban. Le pareció oír decir a Blas con tono de burla “se dio cuenta” y en ese momento los interlocutores de la conversación se acercaron y el volumen bajó aún más.

“Pero que me lo digan a la cara” pensó Gerardo al caminar furioso hacía sus dos amigos. Se paró justo en frente de ambos y se quedó escuchando con atención por un momento para detectar en qué momento podía entrar en la conversación. “De qué hablan” preguntó Gerardo apenas vio la primera oportunidad para intervenir. Sus dos amigos siguieron hablando como si nada. “Oigan muchachos, con quién está Jonás” insistió Gerardo. Blas y Rómulo lo miraron como con desprecio y se acercaron aún más el uno al otro, dándole un poco la espalda a Gerardo. “Tras de que hablan mal de mí a mis espaldas, después me ignoran a propósito los desgraciados para sacarme aún más de quicio” pensó Gerardo. “¡Que de qué hablaaan!” gritó entonces con toda su fuerza.

En ese momento Gerardo oyó la risa de una mujer que se le hizo conocida. Cuando volteó su mirada hacía la pareja en la silla de cuero Gerardo notó que eran su esposa, pero con el cabello rojo, y Jonás, quienes lo miraban y se reían de él. Gerardo caminó instantáneamente en su dirección con la intención de asesinarlos a ambos a golpes, no obstante, una vez lanzó sus golpes a Jonás, a quien atacó de primero, una fuerza extraña hacía que Gerardo no fuera preciso. Sentía como si los brazos le pesaran, o como si Jonás tuviera una especie de campo protector invisible que desviaba sus puños. Nada en el mundo podía ser más frustrante. Jonás aprovechó la lentitud de su amigo y le dio un puño en el ojo izquierdo a Gerardo, que cayó al piso inconsciente.

Al abrir los ojos, Gerardo miró a su alrededor confundido. Le tardó aproximadamente medio minuto advertir que estaba en su cuarto. “Que sueño tan extraño” pensó. Se levantó de su cama. El malestar no era tan fuerte como en la mañana cuando había despertado con los rayos del sol. Ya era la una de la tarde. “Esos sueños del día sí que son raros” pensó de nuevo. Le parecía curioso que los sueños más vívidos los tenía o en las mañanas o en las tardes, de los de la noche muy rara vez se acordaba.

Abrió las cortinas de su cuarto. El día continuaba muy soleado. Gerardo vivía en el segundo piso de un edificio ubicado al lado de una de las calles principales de la ciudad. Un eterno sonido del efecto Doppler, producido por las llantas de los carros que pasaban o las llantas más las radios de esos  carros encendidas a todo volumen, era característico del apartamento de Gerardo. Además, el ocasional trancón vehicular siempre acompañado de uno que otro pito la daban a su hogar un ambiente extremadamente citadino.

Sin embargo, era domingo. El domingo era el único día que había tranquilidad acústica en el apartamento. Ese día la ciudad descansaba y el único sonido era el del movimiento de las hojas de los árboles producida por el viento… eso para Gerardo era desesperante. Si bien algunos días eran muy alegres y Gerardo apreciaba el “milagro de la vida”, había otros que no le encontraba ningún fin a vivir. Esa pregunta inherente en el ser humano “¿Qué hacemos en este mundo?” a Gerardo se le alborotaba el domingo. Tal vez la razón por la cual eso sucedía era que los demás días el sonido estrepitoso de las calles callaba un poco el sonido de su voz interior, tal vez la locura que había a las afueras de su apartamento los días de semana creaban para él la ilusión de que estaba menos solo.

Al recordar su sueño sintió nostalgia. Recordó en específico el momento en el cual estaba cenando con su familia, pero más que el momento, el sentimiento de felicidad. Hacía ya tres años desde que su madre había muerto y su esposa lo había abandonado hace casi año y medio, llevándose a sus dos hijas. Hace mucho tiempo el futuro de Gerardo era muy prometedor. Se había graduado de dentistería con el mejor promedio de su promoción de una buena universidad y tenía un trabajo estable en Dentipein, la principal dentistería de la ciudad. Sin embargo, no manejó la muerte de su madre de la mejor forma y lo que inició con un par de borracheras los fines de semana, se convirtió en una senda de autodestrucción que ya estaba afectando su desempeño laboral. Una vez lo despidieron de su trabajo, no pasó mucho tiempo antes de que la esposa tirara la toalla y partiera con sus dos hijas.

Gerardo se asomó por la ventana y ver la calle completamente despojada le recordó una vez más que era domingo, la angustia aumentó. Sentía una especie de vacío en el alma, no le hallaba ningún sentido a seguir cargando con el enorme peso de estar vivo. “Hoy es un día excelente para morir, como me gustaría sabotear todo este escenario perfecto con el sonido de mi revolver más mis sesos en la pared” pensó. Apenas ese pensamiento se le cruzó por la cabeza sintió un gran temor. “Qué demonios estoy pensando, qué me está sucediendo” se dijo. Agarró su teléfono celular y llamó a Rómulo, necesitaba alguien con quien hablar, alguien a quien contarle los pensamientos oscuros que estaba teniendo, necesitaba ayuda, sin embargo, Rómulo no contestó. Gerardo intentó un par de veces más pero no hubo respuesta.  “Esto es clásico” pensó Gerardo.

Caminó hasta su caja fuerte, marcó los números de la combinación y del fondo sacó una caja negra. Abrió la caja negra y ahí estaba el revolver Smith and Wesson que había comprado un par de semanas antes. Caminó hasta su cama, se sentó en ella y se quedó mirando su revolver concentrado. Después, Gerardo se insertó el revolver a la boca y haló el gatillo. Todos en la cuadra oyeron el disparo. De repente el silencio se tornó en alarmas de policías y en vecinos saliendo de sus casas a ver qué había sucedido. La calma se tornó en desastre, Gerardo se encontraba tirando en la cama. El cuarto, las sabanas, las paredes, todo estaba lleno de sangre… su objetivo se había cumplido.

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