Bestias de calendario

Este cuento fue escrito por Rafael Álvarez Gaxiola y hace parte de nuestro especial de Halloween. ¿Cómo te pareció la historia? En una escala del 1 al 10, ¿cuál fue el nivel de terror que sentiste? Todavía puedes participar en el especial.

"El beso de la muerte". Escultura por Jaume Barba.

“El beso de la muerte”. Escultura por Jaume Barba.

Siempre pensó que durante los días de verano, el diablo tocaba sus tambores justo fuera de su ventana mientras él trataba de dormir. Sin embargo, Simón nunca se atrevió a mirar, el miedo lo paralizaba debajo del cobertor, imaginando a un ser con una pata de gallo y otra de cabra en un frenesí de percusiones que seguramente eran las mismas que animaban el infierno.

Ahora que volvía a la casa de su infancia era obvio que aquel fenómeno era ocasionado por algunas gotas extraviadas de la llovizna vespertina, que después caían del techo del vecino a unos barriles metálicos que tenía olvidados afuera. Aquellos seguían ahí después de tantos años, como productores incansables de mosquitos y peste, lo que le recordó algunos de los motivos por los que había dejado su pueblo. La gente era tosca y carente de modos, incluso los que evitaban tener un nocivo caldo de cultivo en su patio trasero. Resignado se recordó a sí mismo que en la vida hay ocasiones en las que uno tiene que hacer cosas aunque no quiera y regresar a ese lugar para asistir al funeral de su padre era una de ellas.

Había hecho el viaje acompañado solamente por su perra, Gala, quien últimamente fungía como su única compañía y preocupación, incluso por encima de sí mismo, ya que él podía pasar días enteros sin probar bocado tan sólo por falta de interés. Pero jamás había permitido que algo así le pasara a la pequeña perra que había rescatado de la calle, cruza de maltés y algún otro can indeterminado.

Por suerte muchos de los preparativos necesarios para las exequias habían sido previstos en vida por su papá, pero el trance igual le requeriría pasar unos días sumergido entre hedores y recuerdos de pesadilla. “Amaría verme así en estos momentos, sin mujer, sin futuro, cumpliendo cada una de las profecías que lanzó sobre mi vida cuando me alejé de aquí”, pensó sobre su padre, con quien nunca llevó una buena relación.

Su madre había muerto víctima de un mal fulminante cuando él era apenas un niño, nadie nunca pudo determinar la causa. Un día se encontraba preparando tinga de pollo y al siguiente ya no pudo levantarse de su cama. Esa misma noche murió. A partir de ese momento su padre, que era la aspereza encarnada, trató de mantener a Simón en este mundo, ya que el niño frecuentemente trataba de escapar y se perdía en sus pensamientos. Que su padre tenía las mejores intenciones era seguro, que nunca tuvo la menor idea de cómo ayudar a Simón, también. Eran dos seres lo suficiente diferentes para no lograr entenderse y demasiado iguales como para ayudarse.

Por ejemplo, alguna vez el señor  intentó alentar la inexistente afición de su hijo por los deportes, situación que terminó con él gritándole a Simón por no brillar en la cancha, lo cual era un requisito indispensable para que su plan de animarlo surtiera efecto. Simón no estaba nada contento con que le gritaran frente a todo el mundo por algo que en primer lugar no quería (ni podía) hacer. Nunca supo que la frustración de su padre era más consigo mismo que con él.

Algo similar le sucedía a Simón que sentía tirria contra su padre por no haber salvado a su mamá, pero cargaba con una versión magnificada de ese odio en contra sí mismo, porque él también había fallado rotundamente en esa misma empresa. Personas tan lastimadas, tan inmersas en ese espiral de destrucción mutua e inadvertida no pueden más que lastimarse ad infinitum o por lo menos hasta que logren poner distancia entre uno y otro. En el caso de ellos la distancia llegó demasiado tarde y el daño era irreparable. Simón creció y dejó el pueblo, pero lo hizo como un joven miedoso, inseguro y resentido con la vida. Es por eso que la fúnebre situación que lo traía de vuelta también lo ilusionaba, ya que existía la posibilidad de que la muerte de su padre pavimentara el vacío entre ellos y lo impulsaría a él fuera del abismo. Ya nada lo ataría a ese lugar, las memorias perderían masa y con ello su atracción gravitacional.

La primera noche  de regreso en la casa paterna fue nefasta, lleno de sueños tormentosos no pudo descansar y su único consuelo era que le quedaba una noche menos ahí. Por la mañana decidió arreglarse para empezar a desechar pendientes, pero justo cuando salía de la regadera resbaló y se golpeó la cadera. El dolor no lo dejaba pensar, todos sus sentidos gritaban y lo inutilizaban, además sabía que pedir ayuda era inútil, estaba completamente solo en la casa y se las tendría que arreglar como pudiera. Ese pensamiento era tan angustiante como el dolor mismo, hasta que de pronto, sin que él se diera cuenta, Gala estaba a su lado, lamiéndolo con una expresión de sincera preocupación.

Eso fue suficiente para que pudiera reincorporarse. Desganado se vistió para asistir al servicio funerario y en el camino recordó muchas de las peleas que había tenido con su progenitor mientras crecía. Siempre le pareció rupestre y falto de profundidad, sus soluciones a todo siempre pecaban de pragmáticas, al menos desde el punto de vista de un niño. Aunque ahora, con su vida hecha una ruina, Simón deseaba haber heredado un poco del pensamiento práctico de su papá.

Al llegar a la capilla en la que se velaba el cuerpo las miradas de todos los presentes lo escudriñaban como si se tratara de Atila el huno. Podía sentir como lo culpaban por  lo sucedido y cómo hasta en las palabras de consuelo que le dirigían, siempre había un resabio de reclamo. Pensó que al difunto eso le hubiera encantado, hacerlo sentir responsable de todo lo malo aún desde el más allá. Cuando años atrás decidió marcharse no tenía un plan claro, simplemente sabía que no quería que esa siguiera siendo su vida, no quería heredar el negocio familiar ni  los demonios, miedos y maldiciones del linaje. Creyó que irse lejos sería suficiente para escapar de ellos. Se equivocó y en el proceso se ganó el resentimiento permanente del que ahora estaba frío en un ataúd. Según decía la gente, Don Jorge nunca volvió a ser el mismo desde su partida. A Simón le resultaba difícil imaginar a un ser de por sí parco y taciturno en un estado más azul.

Casi al terminar el velorio, mientras salía a fumar, alguien se acercó para darle el pésame, era su vecino y al igual que todos los demás tenía un tono de acusación en sus condolencias. Después de las formalidades  adecuadas vino un momento incómodo, por lo que el vecino comenzó a hablar del clima. Simón siempre había odiado el clima local, especialmente durante los meses de verano en que era cálido, exageradamente húmedo y se respiraba un aire dulzón que soplaba desde los manglares y que él aborrecía.

Mientras se encontraba perdido en sus pensamientos, Don Raúl seguía hablando de las lluvias y los bichos de la temporada, hasta que algo que dijo llamó la atención de Simón. Se trataba de las bestias de calendario. Tenía años sin pensar en ellas, pero su sola mención lo puso en estado de alerta. En aquel poblado existía la leyenda que durante los meses de estío las criaturas que habitaban los manglares salían a alimentarse y lo hacían de animales pequeños como perros, gatos y en ocasiones de niños recién nacidos o incluso de adultos si la necesidad era apremiante.

Se decía que las bestias parecían niños a primera vista, pero de cerca se notaba que su piel era blancuzca y babosa, similar a la carne de un molusco y su cara no tenía facciones humanas sino más bien insectoides; para atrapar a su presa la hipnotizaban con una mezcla entre zumbido y llanto siniestro. Ese mito de criptozoología macabra siempre maravilló a Simón y aunque nunca le quitó el sueño como los barriles satánicos de Don Raúl lo hacían, cuando recordó que Gala se encontraba sola en el patio de la casa, a la intemperie, sin protección alguna, un sentimiento de preocupación y ansiedad lo invadió y aunque parecía tonto creer en leyendas y supersticiones locales a su edad, se echó a correr y dejó a su vecino hablando solo sin importarle lo que pudiera pensar.

Con cada paso que daba su malestar crecía, era como si supiera que el pasado lo había encontrado ahora que había vuelto. Al  llegar a la casa empezó a buscar desesperadamente las llaves en sus bolsillos sólo para darse cuenta que no estaban ahí. Intentó saltar por la azotea como lo hacía de niño pero se dio cuenta que ahora le era imposible hacerlo. Dentro, Gala comenzó a ladrar. Mientras él gritaba y golpeaba la puerta, la perra ladraba más fuerte y aunque Simón no sabía si era de miedo o felicidad, su corazón estaba a punto de quedar expuesto por la fuerza de sus latidos.

Pronto resolvió a tirar la puerta con una patada, pero después de un esfuerzo  notó que no cedería. Fue a su auto a buscar algún objeto que lo ayudara con su labor y justo ahí encontró las llaves. Se apresuró a abrir la puerta, sus manos sudaban y se sacudían de nervios lo que complicaba su objetivo, hasta que de pronto, algo le heló la sangre. Gala dejó de ladrar. Cuando por fin pudo entrar corrió al encuentro de su amada perrita, pero lo único que encontró fue a Gala postrada contra la pared del patio con la lengua colgando del hocico. Simón sólo alcanzó a ver una miríada de mosquitos alejándose.

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