Belleza yerra

Cuento final

Este cuento fue escrito entre Gladys Trujillo, Lidia Blanca Castro Hernando, María Lamas, Veronica Ferreira, Benjamín Ricaurte y Cuento Colectivo. ¿Cómo te pareció el resultado?

Soñé toda mi vida con ser la Reina Nacional de Belleza. Desde que era muy pequeña, mis amigas y yo teníamos nuestro propio reinado, del cual, por supuesto, siempre salía victoriosa por mi figura, rostro y personalidad.

Lamentablemente, cuando el sueño se me convirtió realidad, no fue para nada la fantasía que había imaginado con mis compañeras. ¿Quién iba a pensar que detrás de esa apariencia perfecta se escondía un monstruo? ¿Quién iba a pensar de lo que es capaz un ser humano por un poco de vanidad y gloria?

Primero dejé de comer carne, luego legumbres y después sólo era una manzana y agua. Todo fue porque mi asesora me dijo “hay que bajarle a los tacos, porque… ¡Mira eso!” me decía mientras me palmeaba el vientre “Estás muy ancha”. En ese tiempo yo era talla 4.

Así fue que en lugar de ser una reina feliz, me convertí en la bruja que le dio la manzana a Blanca Nieves. Me volví  anoréxica por presión de los organizadores de desfiles y luego en bulímica por mi ira interior. Sentía que nadie me quería como antes y que nunca más me iban a querer.

Estaba desmoralizada y frustrada. Muchas veces pensé en el suicidio. Sin embargo, con el apoyo de mi familia pude salir de esa situación. Estuve a punto de cumplir mi sueño de convertirme en la mujer más hermosa de mi país, de hecho, era la favorita de los periodistas y de la gente… la que más posibilidades tenía de ganar.

Dos días antes de la coronación, antes de dormir, me puse mi usual crema especial para la piel en el rostro. A media noche desperté de una pesadilla, sólo para caer en la cuenta de que mi rostro ardía. Fui al baño y tenía toda mi cara en carne viva.

Todavía no se ha hallado al culpable o a la culpable. Pero yo estoy segura de saber quién fue. Desde el primer día noté su mirada de envidia y sus comentarios y actos venenosos. De todas formas esperaré los resultados de la investigación antes de hacer cualquier cosa. También esperaré los resultados del doctor, que en unos minutos me dará su diagnóstico.

La verdad es que me duele como ningún dolor que hubiera sentido, y en el espejo se veía grave, pero tengo la esperanza de que sea una herida superficial. Pero ¿Y si no lo es? ¿Qué tal que no regrese mi antigua apariencia? Tengo miedo de no ser yo nunca más, aunque hace ya mucho tiempo que dejé de ser yo.

Nunca he sabido que se siente que te miren como si no hubiera algo más feo en el mundo. Bueno, tengo una leve idea, pues a pesar de que cuidé que nadie me viera, uno de los organizadores lo hizo con repulsión, con lástima. No quiero que me suceda de nuevo. No me sentí tan mal porque confío en que se pasará.

Unos minutos después entró el Doctor Ramírez a mi habitación. Sólo su expresión decía mucho. “Lo siento mi niña. Las quemaduras eran de un grado avanzado. No hay nada que podamos hacer… las marcas quedarán para siempre”. Toda la vida se me fue en ese instante, con esas palabras.

Ni siquiera me importó cuando mi hermano entró unos minutos después a darme la otra noticia, que después de investigar a cada una de las participantes y personas sospechosas, la policía no había dado con una sola pista que vislumbrara un culpable. Nada más tiene ya sentido. Tal vez es la consecuencia de apostar todas tus cartas en algo tan efímero como la belleza.

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